Buscar en este blog

viernes, 19 de enero de 2018

Las necesidades nutricionales de los adolescentes


La adolescencia es la etapa de la maduración sexual, del aumento de la talla y peso así como de cambios en la distribución de la grasa y la masa muscular. Todo ello comporta unas elevadas necesidades nutricionales.

Los cambios descritos son progresivos  y se producen a lo largo de unos 6 años (como promedio). Las niñas empiezan el cambio alrededor de los 10-11 años llegando al máximo de desarrollo sobre los 12-13 años. A partir de esa edad la madurez sexual es completa. En los niños es más tardía y se inicia sobre los 12 años, dándose el pico de desarrollo a los 14-15 años. 

Cada niño lleva una “velocidad” propia de crecimiento y es esta la razón por la cual dentro de una misma aula convivan niños que ya se han desarrollado plenamente mientras que otros apenas han iniciado los cambios. Existen tablas que permiten relacionar peso/talla con la edad pero son meramente orientativas ya que los datos obtenidos son sólo aproximados. Si nuestra hija o hijo se siente extraño porque ve en sus compañeros cambios físicos que no se producen en ella/él es conveniente calmarle porque tarde o temprano llegarán y en unos pocos años todos quedarán más o menos igualados.

La masa grasa aumenta sobretodo en las chicas llegando a una proporción del 20-25%, localizada principalmente en las caderas. En los chicos disminuye de promedio un 15% y se localiza en el tronco.  La masa muscular crece en ambos sexos hasta los 12 años. A partir de esa edad crece de forma sostenida en los chicos – en la zona de hombros y extremidades principalmente – y es más lenta en las chicas. 

En cuanto a la masa ósea es entre los 9 y los 18 años el periodo crítico para la adquisición de mineral óseo, llegándose a un aumento del 60%. Este aumento viene dado por las hormonas, la alimentación, la exposición solar y el ejercicio físico. Decimos crítico porque si hay una deficiencia en cualquiera de estos parámetros y la acumulación de masa ósea es menor de la esperada ya será una merma irreversible, siendo imposible recuperarla. Alrededor de los 17 años se tiene el 88% de la mása ósea que alcanzará el 100% entre los 25-30 años. Si el adolescente ha sido muy sedentario, se ha nutrido incorrectamente o tiene poco contacto con el sol (y por tanto poca vitamina D) la mineralización no llegará al tope esperable y eso puede afectar a su talla.

Las necesidades calóricas de los adolescentes son las siguientes, comparadas con otras etapas de la niñez (hay que tomarlas con precaución ya que hay factores que las modifican, como la temperatura externa, el ejercicio físico que realiza el menor etc) :

Para niños y niñas de 0 a 7 años : 

De 0 a 6 meses ….............  650 Kcal 
De 6 a 1 año     ….............  850 Kcal 
De 1 a 3 años    …............  1300 Kcal
De 4 a 6 años    …............  1800 Kcal
De 7 a 10 años  …............  2000 Kcal

Adolescentes (niñas)

De 11 a 18 años …............ 2200 Kcal

Adolescentes (niños)

De 11 a 18 años  …........... 2500 Kcal


La OMS proporciona tablas en las cuales el consumo de calorías debe ser un 10% mayor para los adolescentes que las expuestas anteriormente. En cualquier caso queda claro que los adolescentes necesitan una cantidad importante de calorías – bastantes más que las necesarias para el adulto -  y que restringirlas puede suponer un retraso en el inicio de la pubertad o incluso en la estatura alcanzable. Como ejemplo de esto tenemos a las gimnastas de élite que mantienen un aspecto infantil a edades en que otras niñas ya se han desarrollado. Cuando abandonan la práctica deportiva y se alimentan con normalidad su desarrollo se “reinicia” si bien su talla, debido al problema de la mineralización ósea, no siempre se recupera.

Los nutrientes necesarios en la adolescencia no son diferentes de los que necesitan niños, adultos o ancianos. No obstante los adolescentes deben tener especial cuidado con el hierro debido a la formación de masa muscular y sangre,  incrementándose las necesidades en las chicas por la menstruación. También el calcio es importantísimo por la mineralización ósea, al igual que el zinc, esencial para el crecimiento y la maduración sexual.

Pero la adolescencia también es una etapa de rebeldía donde se cuestiona, sin base suficiente ni consultar con nadie a no ser con los amigos más cercanos, los hábitos alimentarios. Así no resulta extraño que adolescentes acomplejados por su físico – por considerarse demasiado obesos, por el acné etc – realicen por su cuenta dietas sin base científica alguna que no sólo no sirven a sus propósitos sino que además les pueden provocar problemas de salud graves. Las dietas más extendidas consisten en practicar ayunos salvajes, eliminar los carbohidratos de la dieta o el desayuno, aumentar el consumo de proteínas (dieta hiperproteicas) o practicar ejercicio físico hasta modelar la figura según unos supuestos cánones de belleza basados en la musculatura exagerada (vigorexia). 

Eliminar los carbohidratos de la dieta implica privar a nuestro organismo de energía limpia. Al sustituir estos compuestos por proteínas y grasas se generan residuos tóxicos perjudiciales para el organismo. Las dietas hiperproteicas provocan problemas parecidos. No desayunar y alternar largos periodos de ayuno con otros de ingesta provoca enormes variaciones de la glucosa circulante con el consiguiente desbarajuste que sufren las células del cuerpo en su alimentación. Por no hablar de que todas estas prácticas basadas en conceptos erróneos son precursoras de trastornos graves de la alimentación como la bulimia y la anorexia nerviosa que si aparecen suelen hacerlo durante la adolescencia. 

Hay padres que cuando los niños alcanzan determinada edad se desentienden o al menos relajan bastante la atención que les prestan a nivel alimentación. Desayunan solos – si es que lo hacen -, salen del colegio a media mañana para comprarse bollería en el supermercado más próximo, comen en el colegio sin supervisión, pasan bastantes horas solos en casa o en compañía de amigos y se encuentran con la familia sólo a la hora de cenar o durante los fines de semana (no siempre a tiempo completo). Esto provoca trastornos en el ritmo de las comidas, en la ingesta de nutrientes y en definitiva en el crecimiento y el posible desarrollo de enfermedades a corto, medio o largo plazo. Curiosamente son los adolescentes que padecieron inapetencia durante la niñez los que comen mejor si la vigilancia de los padres se mantiene. Pero si esta vigilancia se ha relajado sin haber inculcado las nociones de una nutrición correcta puede acarrear problemas graves. Incluso se ha constatado que aquellos niños cuya educación alimentaria ha sido estricta por padecer diabetes de tipo 1, por ejemplo, tienden a desafiar la enfermedad cuando alcanzan la adolescencia eliminando dosis de insulina para así perder peso.

Por desgracia también existe el peligro que el adolescente se inicie en el consumo de tóxicos como el tabaco o el alcohol, incluso la droga. Estos productos inhiben el apetito e incluso pueden interferir con la absorción de determinados nutrientes, entre otros efectos psicológicos y físicos de notable gravedad.

Abordar los problemas nutricionales o de otra índole con los hijos adolescentes puede ser complicado si la relación no ha estado basada en el pacto o se ha mantenido a lo largo de los años en la unidireccionalidad, donde uno ha hablado y mandado y el otro se ha limitado a escuchar y acatar (algo que la adolescencia tiende a destruir, claro está). El diálogo continuo, la supervisión relajada – sin entrar en paranoias – y la confianza mútua son primordiales para sortear cualquier problema. Y ese arte de la comunicación se inicia desde el momento cero de su existencia. Cuando más tardéis en aplicarlo, peores serán los resultados.

Las raciones de los adolescentes

Las raciones que necesitan los adolescentes son notablemente superiores a las de los niños y los adultos. Se encuentran en plena fase de crecimiento, su cuerpo ya tiene un tamaño apreciable y eso implica comer más y también mejor. Si sois padres de adolescentes no inapetentes os habréis dado cuenta de lo mucho que comen.

Los adolescentes deben comer a diario entre 5 raciones de fruta (dos naranjas medianas, dos docenas de cerezas, dos ciruelas etc). Una de las raciones puede ser en zumo.

En cuanto al pan siempre integral, alrededor de 200-300 gramos al día (una baguette pesa alrededor de 250 gramos, así que un bocadillo a media mañana se podría hacer con un tercio de la misma, el resto del pan a consumir como acompañamiento del almuerzo y la cena).

Medio litro de leche al día, además de algún otro lácteo como queso (si es curado 50 gramos por ración, si es fresco 100 gramos). El yogur equivale al consumo de leche por lo que es intercambiable con la misma (si no es azucarado).

120 gramos de carne por ración o 150 gramos de pescado o 2 huevos si estos sustituyen a una ración de carne o pescado hasta un máximo de 5 huevos semanales. ¼ de pollo, pavo o medio conejo por ración.

En cuanto a las raciones de carbohidratos, 100 gramos de pasta o 100 gramos de legumbres. Es necesario que coma a diario alrededor de 250 gramos de verduras. Una ensalada al día es imprescindible o el consumo de verduras crudas en su lugar (gazpacho o similar).


Extraído del libro "Inapetencia infantil" de Xavier Molina

jueves, 18 de enero de 2018

El atragantamiento, un serio agravante de la inapetencia

El atragantamiento se produce cuando existe un bloqueo en las vías respiratorias de un individuo debido a que un objeto las obstruye. En los niños lo más habitual es que se trate de una canica, una pieza de un juguete o un chicle pero también es corriente la obstrucción causada por pedazos de alimento. Los alimentos que suelen causar más accidentes por atragantamiento son los trozos de carne mal masticados, las espinas de pescado y los frutos secos, entre otros.

No vamos a tratar las maneras de solucionar el problema en detalle excepto recomendar encarecidamente conocer diversas técnicas de primeros auxilios tales como la maniobra de Heimlich o la compresión torácica que los progenitores o aquellos a cargo de dar de comer a los menores deberían conocer. En Internet hay un buen número de tutoriales al respecto, siendo más que conveniente ver algún video al respecto en Youtube u otras plataformas.

Es importante que sepamos reaccionar con rapidez en caso de atragantamiento. Desde el momento en que se inicia la asfixia hasta que se produce un daño irreparable, incluso la muerte, apenas transcurren 4 minutos de manera que frecuentemente no hay tiempo material de llevar al niño al hospital. La vida del menor va a recaer en aquellos que se encuentren próximos al mismo y sepan actuar con conocimiento de causa y el suficiente aplomo.

Aún en el caso de que afortunadamente el niño se salve sin secuelas la experiencia sobrevenida de modo tan rápido e inesperado es tan traumática y espeluznante que puede generar un rechazo a ingerir alimentos. Algunos niños que han pasado por este accidente tienen dificultades hasta para tragar su propia saliva.

La deglución,  un acto  que debería realizarse en principio de forma voluntaria pero sin más problemas,  al niño traumatizado le hace revivir el pavor vivido durante el atragantamiento siendo incapaz de enviar el bolo alimenticio a través del esófago.

En estos casos lo primero es descartar que se hayan producido daños en los órganos involucrados en el accidente (lengua, traquea etc). No es lo habitual pero pudiera ser que la extracción del objeto bloqueante hubiera causado alguna herida que causara dolor al tragar.

Descartado el problema físico, convendría discernir si el niño es al menos capaz de tomar líquido. En caso afirmativo se debería iniciar una dieta líquida a base de lácteos, cereales y sopas para gradualmente pasar a purés o papillas. A medida que el niño vaya ganando confianza, pero sin retrasar demasiado el momento ya que la efectividad de la alimentación semi-líquida es limitada, deberemos reintroducir la comida sólida tratando de evitar aquella que le causó el atragantamiento y primando la facilidad en la masticación y deglución por encima de cualquier otra consideración. Durante este periodo de re adaptación deberemos controlar el peso y acudir al pediatra tantas veces como fuera necesario para que nos vaya dirigiendo en el proceso. En algunas ocasiones el pediatra envía al menor al psiquiatra que, si lo estima conveniente, receta calmantes suaves que se suministran antes de las ingestas para relajar al menor y facilitar la deglución.

En algunas ocasiones el objeto que ha producido el bloqueo no parece haber sido expulsado, si bien el menor se ha recuperado y puede respirar sin problemas. Si esto es así, conviene vigilar la evolución posterior porque es posible que dicho objeto haya sido expulsado de forma inadvertida pero también que se haya alojado en los pulmones, pudiendo generar una sintomatología parecida a la neumonía por aspiración, algo muy frecuente entre los ancianos.

La principal misión de los progenitores es evitar que el menor reviva la experiencia – ni se la recordaremos ni permitiremos que la verbalice desde el temor - , que recupere la confianza desdramatizando los hechos y sobretodo manteniendo su peso y ritmo de crecimiento a pesar de la esperable anorexia que se producirá y que tardará un tiempo en solucionarse. Paciencia ante todo.

miércoles, 17 de enero de 2018

Consigue gratis una copia electrónica de "Inapetencia infantil" !!!!


Ya puedes conseguir tu copia electrónica de "Inapetencia infantil" de forma gratuita y por tiempo limitado. Un libro que no sólo habla de la anorexia infantil, sino también de la mejor forma de alimentar a tus hijos. Consejos nutricionales, explicaciones detalladas sobre las enfermedades que vienen causadas por la mala alimentación y un montón de recetas para que les proporciones una dieta equilibrada y sana.

Apresúrate a conseguir tu copia antes de que la oferta finalice. Y recuerda, con kindle unlimited SIEMPRE lo podrás leer de forma gratuita, aunque la oferta finalice.

martes, 16 de enero de 2018

Celiaquía, una posible causa de inapetencia infantil


La enfermedad celiaca es un proceso crónico autoinmune que daña el intestino delgado y por tanto altera la absorción de las vitaminas, minerales y demás nutrientes que contienen los alimentos.

Aunque el público tiende a pensar que la celiaquía es una alergia o una forma de intolerancia al gluten en realidad no tiene nada que ver con ambas. A veces se emplea erróneamente el término “intolerancia al gluten” como sinónimo de celiaquía, si bien la intolerancia tal y como la definimos ante otros alimentos sería más bien “sensibilidad al gluten” en donde los síntomas son idénticos pero no hay atrofia de las vellosidades del intestino ni anticuerpos en sangre. En realidad la celiaquía se trata de un proceso crónico autoinmune provocado por el gluten que puede afectar a cualquier órgano, en algunos casos con suma gravedad. Se comprueba su existencia a través  del daño al intestino y la presencia de anticuerpos en sangre, si bien los síntomas pueden ser muy variados y confusos.

Hace tiempo que se ha desterrado la idea de que la celiaquía afecta únicamente al aparato digestivo. De hecho los anticuerpos que se generan como respuesta anormal a la proteína del gluten son capaces de atacar cualquier órgano y sin un tratamiento adecuado la enfermedad celíaca puede dar lugar a osteoporosis, cáncer, problemas cardiacos e incluso trastornos neurológicos.

El gluten es un conjunto de proteínas que forman parte del trigo, el centeno, la avena y la cebada, así como en cualquier variedad o híbrido de estos cereales. Generalmente sólo está presente en cereales de secano, no así en los de regadío ni tampoco en los pseudocereales. Es una proteína de bajo valor nutricional por lo que no ingerirla no supone merma alguna en la calidad de las dietas. El gluten es totalmente prescindible para nuestro organismo.

Cabría pensar que si no tiene valor nutricional y sólo está contenida en cuatro cereales – importantes, pero sólo cuatro – no debería ser problema para los celíacos llevar una vida normal prescindiendo de los mismos. Por desgracia nada más lejos de la realidad. El gluten tiene una serie de propiedades que lo vuelven “mágico” para la industria alimentaria. Proporciona viscosidad, volumen y espesor, es barato y se puede implementar fácilmente en cualquier tipo de producto que precise tales características, sea alimentario o no. El gluten da volumen al pan de trigo – sin gluten no sería posible que la fermentación esponjara la masa -, pero también es útil para fabricar pasta de dientes, barras de labios, seitán vegano, esparadrapos y hasta pasta de modelar para niños. De hecho está contenido en tantos productos sin que siquiera se le nombre como tal que bien podría decirse que el gluten es el gran contaminante oculto de toda la industria alimentaria.

Otro problema grave es que la celiaquía es muy difícil de diagnosticar. 

Los síntomas clásicos más frecuentes son la pérdida de peso, pérdida de apetito, fatiga, náuseas, vómitos, diarrea, distensión abdominal, pérdida de masa muscular, retraso del crecimiento, alteraciones del carácter (irritabilidad, apatía, introversión, tristeza), dolores abdominales, meteorismo, anemia por déficit de hierro, entre otras muchas. Pero no siempre es así. A veces cursa con diarreas y dolor de barriga mientras que en otros pacientes no hay ningún problema digestivo aparente. Algunos adelgazan y otros engordan. En ocasiones se presentan enfermedades autoinmunes asociadas pero en otros pacientes tal cosa no ocurre jamás.  De esta manera los afectados suelen acudir varias veces a la consulta del médico y si éste no ve un cuadro clásico de sintomatología por enfermedad celíaca  es posible que se vayan a casa con diagnósticos erróneos. 

La existencia de la enfermedad celíaca se puede detectar con la medición de la forma IgA del anticuerpo tTG en sangre  porque se fabrica en el intestino delgado, el órgano donde el gluten provoca la inflamación e irritación. No obstante puesto que la enfermedad toma diversas formas clínicas, unido al hecho de que a veces es asintomática, hace que sólo la biopsia del intestino delgado confirme al 100% la existencia de celiaquía (siempre y cuando no se haya realizado una dieta previa libre de gluten lo que haría que el intestino tuviera un aspecto normal y no se apreciara enfermedad, a pesar de existir).

Esto hace que mucha gente sea celíaca sin saberlo (se calcula que alrededor del 85% lo desconocen).

Tampoco existe ningún tratamiento. Lo único que se puede hacer es llevar una dieta estricta sin gluten lo cual, como se ha dicho, sería aparentemente fácil pero en realidad no lo es por las contaminaciones cruzadas y los inadvertidos usos del gluten en diversos productos. Si el celíaco sigue una dieta estricta en principio el intestino delgado se recuperaría y la absorción de nutrientes sería normal. Por desgracia es tan complicado librarse de las contaminaciones cruzadas que muchos celíacos siguen teniendo el intestino delgado dañado a pesar de creer que su dieta está completamente libre de gluten. Eso limita considerablemente que el organismo se nutra como es debido.

En los niños la falta de diagnóstico es especialmente preocupante ya que sólo se detectan un 10% del total existente. Los síntomas más habituales suelen ser vómitos, diarreas, nauseas, astenia, irritabilidad, distensión abdominal, fallo de crecimiento, introversión y falta de apetito (anorexia). En los adolescentes se producen anemias ferropénicas, menarquía tardía, retrasos en el desarrollo de la pubertad y dermatitis atópica, entre otros muchos síntomas...si existen, porque no es raro que sea asintomática.

Si no hay un diagnóstico claro o se emite sólo para uno o varios de los síntomas confundiéndolos con otras dolencias es fácil adivinar que el niño o el adolescente acudirá muchas veces al facultativo hasta que éste se de cuenta de lo que realmente está ocurriendo. Pueden pasar años hasta que finalmente se concluye que el individuo padece enfermedad celíaca y no es extraño que, como hemos dicho, nunca le sea diagnosticada con todo lo que ello implica de malestar general y posible aborrecimiento de la comida como causante de sus males. De hecho los menores que padecen celiaquía tienen un mayor riesgo de padecer inapetencia infantil durante la infancia y anorexia nerviosa durante la adolescencia.

Es preciso que esteis atentos a cualquier problema del sistema digestivo que de forma persistente el niño alegue a la hora de comer. Es cierto que a veces lo emplean como método para evitar una comida, pero no siempre es así. El diagnóstico previo de la enfermedad celíaca, a pesar de los problemas que plantea, es fundamental tanto para asegurar un crecimiento acorde a su edad y para la aceptación de la comida, así como para evitar a largo plazo enfermedades  muy graves que afectan a individuos adultos que nunca fueron diagnosticados – entre otras las cancerígenas - o que a pesar de haberlo sido han seguido una dieta no del todo libre de gluten.

lunes, 15 de enero de 2018

Cuando el niño comienza a comer sólido


El inicio de la alimentación con sólidos es crucial para el devenir del niño. Es en ese momento cuando se define como un glotón, un inapetente o bien se va a alimentar con normalidad. 

La mayoría de los pediatras aconsejan que el bebé empiece a alimentarse con sólidos a partir del cuarto mes de edad, si bien en la actualidad se considera que es mejor que lo haga exclusivamente con leche materna hasta los 6 meses para fortalecer su sistema inmunitario a la vez que su sistema digestivo alcanza mayor madurez.

Debéis seguir siempre los consejos del  pediatra el cual os proporcionará en cada visita las pautas sobre los alimentos a introducir. El mismo niño también irá dando muestras de que la leche materna ya no le sacia como antes ocurría : llora a menudo y pasa de succionar a tener más habitualmente el acto reflejo de masticar, además de que no gana peso como debiera o muestra interés por la mesa familiar.

Como se ha mencionado anteriormente la alimentación con sólidos se inicia entre los 4 y 6 meses de edad. La leche materna o infantil seguirá siendo la base de su dieta ya que consumirá alrededor de medio litro al día. Las primeras comidas sólidas serán de cereales sin gluten mezclados con leche en biberón. Además podrá tomar frutas trituradas (manzana, plátano, naranja o pera)  y algunas verduras también trituradas como patata, calabaza, calabacín y zanahorias. Adicionalmente, pero en menor cantidad, podemos proporcionar judías verdes, cebollas y tomates.

Deberemos introducir un único alimento nuevo por toma , anotando la cantidad exacta que proporcionamos del mismo.  

Es decir, tendremos una pequeña libreta donde iremos anotando cada comida que haga, cantidad y alimento que ingiera. Así mismo indicaremos si el niño ha mostrado rechazo, le ha agradado o incluso si ha pedido más. Esto va a servir para poder aislar algún alimento que le cause alergia (si los mezcláis sería difícil discernirlos) y también para que, en caso de problemas, podáis aportar al pediatra-nutricionista datos objetivos sobre la alimentación. La cantidad que se indica podrá serlo en unidades usuales en cocina (cucharadas, por ejemplo) o bien más objetiva utilizando una balanza.

Hay que tener cuidado en esta etapa de la alimentación del niño porque es fácil confundir un simple rechazo con una inapetencia. El rechazo puede deberse a que el sabor no le resulta apetecible o porque su sistema digestivo todavía no ha madurado lo suficiente, prefiriendo todavía la leche materna o infantil como alimento casi exclusivo. No hay que inquietarse. Al igual que hay niños precoces que comienzan a andar con 9 meses y otros lo hacen a los 17 meses, en alimentación también hay un margen para la adaptación y es más o menos de 6 meses. Así que es posible que el pediatra os diga que iniciéis la alimentación con sólidos a los 6 meses y el niño “acepte” la propuesta cuando cumpla un año. Eso no significa que sea inapetente ni mucho menos.

A partir de los 6 meses también se puede introducir algo de proteína animal, muy poco en realidad, ya que la cantidad será de unos 10 gramos de carne de pavo o pollo, cocido y triturado junto a las verduras o bien por separado. También a partir de los 6 meses se puede empezar a proporcionar cereales con gluten.

A partir de los 8 ó 12 meses el niño ya come 4 ó 5 veces al día (desayuno, almuerzo, merienda, cena y tal vez algo a media mañana). El alimento base sigue siendo la leche (500 ml al día) pero ya se puede dar carne o jamón york en trocitos gracias a la aparición de los dientes de leche. El inicio de la dentición varía mucho en cada niño pero se presupone que para los 8 meses ya habrá sacado varios dientes (en caso contrario continuaremos triturando la carne). En la mayoría de los niños, el orden de aparición de los dientes de leche se adapta a la evolución de su alimentación. Los primeros en salir son los incisivos, ideales para masticar verduras y alimentos blandos. Más tarde, apuntan los molares y los caninos, que surgen para adaptarse a la masticación de la carne.  También a partir de este momento se le puede empezar a dar pescado blanco mientras que el azul se proporciona más tarde, entre los 16 y los 18 meses (siempre procedente de piezas pequeñas como la sardina). Es el tiempo de introducir la pasta pequeña – en sopas por ejemplo - . La yema de huevo (bien cocida) se puede introducir a partir de los 10 meses mientras que el huevo entero pasado el año. Se puede dar puré de frutas con alguna galleta  también triturada.

La primera legumbre a introducir suele ser la lenteja, bien triturada y siempre a partir de los 12 meses. Las verduras crudas en forma de ensalada después de cumplir su primer año de vida, mientras que el yogur ya se puede dar con 8 meses. 

Para beber siempre agua y en ocasiones zumos de fruta naturales.

El proceso de adaptación plena a comer sólidos se produce a los 2 años de edad, aproximadamente. Eso no significa que se deje de tomar el pecho o biberones si satisface al niño. Pero si después de los 24 meses el niño se muestra muy reacio a comer sólidos, tarda mucho en realizar cada ingesta o tiene un rango de aceptación de alimentos muy limitado, aparte de otros rasgos que hemos visto anteriormente, es posible que estemos ante un caso de inapetencia infantil. 

Extraído del libro "Inapetencia infantil" de Xavier Molina

viernes, 12 de enero de 2018

"Inapetencia infantil", nuevo libro de Xavier Molina


Por sólo 3.99 €

477 páginas


¿Cuántas familias sufren o han sufrido un calvario para lograr que su hijo coma? ¿Y cuántas veces han acudido al pediatra para obtener un poco esperanzador "ya comerá cuando tenga hambre"?

La inapetencia infantil puede ser un síntoma de una enfermedad pero cuando no existen causas aparentes que la provoquen estamos ante un problema de difícil diagnóstico, capaz tanto de generar conflictos familiares como de derivar a medio y largo plazo en trastornos alimentarios de mayor o menor calado. Es este tipo de inapetencia de la que trata este libro.

Lo cierto es que negarse a comer, si no existen razones que que lo justifiquen, es difícil de explicar. El ser humano, como cualquier otro ser vivo, come para vivir. Lo contrario significaría que no se desea vivir y eso va en contra del instinto de supervivencia.

La inapetencia infantil sin causa aparente no es una enfermedad, es un síntoma de algo desconocido y por tanto se situa en una especie de limbo donde muchos padres se sienten perdidos. Los especialistas en trastornos alimentarios ya sean psicólogos, nutricionistas o pediatras, con cierta frecuencia los miran con suspicacia o directamente los culpan de haber magnficado el problema. 

A día de hoy no se conoce con exactitud la razón por la cual un niño que no manifiesta enfermedad de ningún tipo no se alimenta como el resto de los niños ni en tiempo de ingesta, ni en variedad o calidad, ni en cantidad. Puede afectar al menor en cualquier etapa de su vida si bien suele aparecer cuando el niño comienza a alimentarse de sólidos.

Si bien se conocen los mecanismos que activan y desactivan el hambre todavía no se sabe por qué no funcionan como debieran en determinados individuos. Eso no significa que no se pueda aconsejar actuaciones muy paliativas que orillando las divagaciones téoricas vayan a lo práctico.

La inapetencia no es un fenómeno inusual ni se circunscribe a la niñez. Incluso aquellos que lo sienten como ajeno pueden padecerlo. Se es inapetente si evitas la ingesta de un grupo completo de alimentos, por ejemplo fruta o lácteos. También se es inapetente si nunca se tiene hambre y por ello se ingieren raciones muy parcas, sin que la intención de hacer dieta tenga nada que ver con ello. El tiempo de ingesta, por inusualmente largo, también indica que hay inapetencia. 

La inapetencia infantil marca el devenir del adulto que la padeció, aunque de ella no guarde ningún recuerdo. De hecho muchos de los trastornos alimenticios, leves en algunos casos, graves en otros, incluso las fobias y filias alimenticias que los adultos muestran se podrían trazar en su mayoría hasta la infancia.

El libro dedica extensos capítulos a la nutrición y a ciertas enfermedades provocadas por la comida o cuyo padecimiento puede afectar al apetito. No es absolutamente necesario leer estos extensos capítulos pero sí recomendable ya que os ofrecerá un visión global sobre la alimentación de los niños.

Finalmente este libro, a pesar de estar dedicado a los niños inapetentes, también puede servir de guía para los padres que quieran proporcionar una mejor alimentación a sus hijos. 


Capítulos : ¿Es tu hijo inapetente? · La evaluación del hambre · El tamaño del estómago · "Si no comes no crecerás" · Enseñando a comer al niño · Estrategias · Enseñando a comer al niño · La cuestión del tiempo en la comida · Cocinando para niños inapetentes · Enfermedades asociadas a la alimentación · Niños inapetentes obesos · Hidrocución · Mareos · Celiaquía · Bulimia · Anorexia nerviosa · Resfriado común  y muchos más...

domingo, 1 de abril de 2012

Comedores escolares


Las obligaciones laborales de los progenitores obligan a que los niños almuercen en el colegio no sin ello provocar cierta inquietud en el seno familiar. ¿Comerá bien?, ¿cómo debe cenar para complementar la dieta del colegio?, ¿qué ocurre con los niños glotones?, ¿y con los inapetentes? Todas estas son preguntas que los padres se hacen muy a menudo. Voy a tratar de responderlas.

Hay varios puntos que deben ser revisados antes de dejar a los niños a comer en el colegio. El primero es el tipo de menú que se sirve :

Los primeros platos siempre deben estar formados por alimentos "básicos", entendiendo como tales verduras, legumbres y cereales (alubias, arroz, lentejas, col, judías verdes, guisantes,pasta, acelgas, alcachofas etc)

Debe haber muy pocos fritos.

Es imprescindible la presencia de verduras frescas en forma de gazpachos y ensaladas.

El postre siempre ha de estar formado por una o dos piezas de fruta, alternándolo o complementándolo con algún producto lácteo no azucarado o edulcorado : queso, leche, yogur.

Las comidas se deben acompañar exclusivamente de agua y los niños deben disponer de la cantidad que deseen en todo momento. Si hay algún niño inapetente se deberá vigilar que no se sacie de agua antes de iniciar la ingestión de alimentos sólidos. Este es un punto que deberán indicar los padres antes de dejar a niños inapententes a comer.

Los menús han de ser completos, esto es, que proporcionen todos los macronutrientes (lípidos, glúcidos y proteínas) así como micronutrientes imprescindibles (minerales y vitaminas). No es correcto que el menú de un día en particular se base en gran medida en los glúcidos, otro día en el consumo de muchas proteínas y otros sólo en el consumo de fruta y verdura. Tanto la cena como el desayuno deben respetar el correcto equilibrio de nutrientes, es decir, presencia de todos en la proporción adecuada. Los niños tienen menos capacidad de almacenar nutrientes que los adultos y eso se debe reflejar en sus menús. Los adultos podemos poner todos los nutrientes de un grupo en una determinada ingesta del día y relegar el resto a cualquier otra debido a nuestras reservas, todo sea dicho con cierta cautela.

Los ingredientes deben ser de cierta calidad. No es correcto utilizar aceite, leche o carne de baja calidad. Se puede dar de comer muy bien a un niño con presupuestos simplemente correctos, especialmente si pensamos que las raciones que toman son mucho menores que en el caso de los adultos.

La sal, salsas, alimentos precocinados y el azúcar deberían estar muy poco presentes en los comedores  escolares. Los saleros, azucareros, botellas de ketchup, mostaza etc deberían ser eliminadas.
Las carnes carentes de grasa como el conejo, pollo y el pavo deberían ser predominantes sobre las carnes grasas como el cordero, la ternera o el cerdo (lo cual no quiere decir en absoluto eliminarlas puesto que todas son necesarias en la dieta del niño, si bien eligiendo los despieces menos grasos). La grasa de la carne debe ser eliminada al máximo ya que de contener algún tóxico es ahí donde se acumula.

Debería existir presencia de pescado de forma regular en formatos de fácil aceptación como son supremas empanadas, buñuelos de bacalao, croquetas de pescado, ensaladas de legumbres y pescado, palitos de merluza etc. Del pescado se deben eliminar las entrañas, las partes grasas y la piel ya que son las que acumulan mayor cantidad de substancias tóxicas.

Los padres deberían tener la potestad de probar los menús a través de catas realizadas antes de que se inicie el curso o bien de forma presencial, a la misma hora que los niños, de una forma coordinada por la Asociación de Padres.

Es importante que exista una variación contínua de los menús. Los colegios deben evitar el "hoy es lunes, por tanto tenemos coliflor" y asi impedir la mala predisposición de los alumnos frente a determinados alimentos.

No menos importante es cuidar el sabor y la estética de los alimentos. Si durante una cata de prueba los padres a duras penas pueden soportar el sabor de algún plato no podemos esperar que los niños lo acepten sólo por el hecho de que es bueno para ellos.

Es importante que las Asociaciones de Padres y la Dirección de la Escuela se impliquen en la búsqueda del mejor menú posible. Pueden eliminar un plato precocinado por otro realizado con productos naturales, optar a la compra de productos ecológicos, mejorar las condiciones de los comedores...siempre es posible hacer algo mejor por la alimentación de nuestros hijos.

En segundo lugar, no menos importante, es el ambiente con el que se encontrará nuestro hijo en el comedor. El almuerzo escolar substituye un almuerzo que debería hacerse en familia. De la misma manera que como adultos nos vemos obligados a comer fuera de casa eligiendo el restaurante y la compañía que más nos agrada, lo mismo debe ocurrir con nuestros hijos. Estos son algunos puntos a tener en cuenta :

Es importante que las mesas estén ocupadas por un máximo de 6 a 8 niños. Que todos ellos se lleven bien, que se hayan elegido como compañeros pero que los monitores hayan vigilado que no se producen exclusiones y que se respeten mutuamente.

En algunos casos se han mejorado las condiciones cuando se han substituidos largas mesas por mesas redondas que permiten concentrar la atención de los niños en su comida y en sus compañeros habituales. La mesa redonda les aleja de otras mesas que pudieran ser causa de distracción.

Es vital que el comedor escolar sea un lugar no diría silencioso pero desde luego poco ruidoso. El ruido molesta e impide disfrutar de la comida y del merecido descanso de los niños. Pensemos que los niños entran en el colegio a las 9 de la mañana y salen a las 5, un horario prácticamente de adulto. Necesitan relax durante al menos un par de horas. No es menos cierto que a menudo los comedores son salas grandes y muchas veces reverberantes (la reverberación es un eco producido por obstáculos próximos donde las ondas sonoras que van y las que vuelven se entremezclan creando una fuerte confusión). Es conveniente que dichas salas se acondicionen acústicamente con elementos absorbentes si fuera necesario (enmoquetar las paredes y techo podría ser una buena solución).

El comedor es un lugar donde se aprenden normas de convivencia y  de alimentación. Los monitores deben velar para que los niños se laven las manos antes de ocupar las mesas, utilicen correctamente los cubiertos, intenten no mancharse, respeten la comida de los compañeros y se sienten con una postura adecuada y sin levantarse. También es importante que puedan ver a alumnos de mayor edad y fijarse en su forma de comportarse frente a la comida (suponiendo evidentemente que se trate de un ejemplo positivo).

La tarea de los monitores es esencial. Debería haber un monitor por cada cuatro mesas o para un máximo de cuarenta niños. Aparte de impartir las reglas de socialización deben ayudar a aquellos niños que tienen problemas con algunos alimentos y marcar el tiempo para el desarrollo de la comida. Lo que nunca deben hacer es ser estrictos y autoritarios, mucho menos tiránicos y desde luego que su misión no es conseguir que el niño se acabe la ración del plato. En muchos colegios se sigue indicando a los padres, como prueba de los hábitos alimenticios del niño, si éste ha tenido problemas en acabarse la comida. Esta indicación carece de cualquier valor a menos que sea el niño quien se sirve su propia porción - algo poco habitual por desgracia - o si la ausencia de apetito es indicativa de alguna enfermedad. Acabarse la ración del plato más allá del apetito que se tenga es una terrible tortura. Lo que sí es importante es que se coma de todo aunque al final la ración quepa en la palma de la mano. De nada sirve que un niño se hinche a macarrones si no prueba ni la fruta ni la verdura. O viceversa.


En tercer lugar es importante evaluar los efectos positivos de los comedores escolares. A menudo los niños que no son realmente inapetentes encuentran en los comedores, donde ya no son el punto de atención de la familia, el ambiente ideal para observar, reir, conversar y comer sin darle importancia al acto. Pero también pueden ser el lugar donde los que si padecen este trastorno alimentario desarrollen formas peligrosas de alimentación aprovechando el anonimato, aunque estos casos son los menos. Generalmente los comedores escolares son buenos para niños tímidos, y para los glotones así como para cualquier tipo de alumno siempre y cuando el ambiente sea agradable, pero es malo en general para los inapetentes reales.

Finalmente la familia juega un rol importante en el tema de los comedores escolares. No hemos de dar por sentado que lo que aprenda o coma a mediodía nos "libera" de educar en la mesa a nuestro hijo. No vale la pena insistir en el tema de que coma fruta y verdura si preferimos dar platos precocinados para la cena y nosotros mismos no consumimos delante de nuestros hijos productos frescos. Lo que vale para la comida vale para la cena y como única prevención deberemos tener en cuenta lo que ha comido a mediodía para intentar no repetirlo por la noche, más por un tema sensorial que por una necesidad fisiológica, pero que también es importante.
Se ha producido un error en este gadget.