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miércoles, 27 de octubre de 2010

Neofobia y las adelfas

Se define neofobia como miedo o pánico a las novedades. Puede afectar a cualquier persona pero en los últimos tiempos se ha venido aplicando principalment a todo aquello que concierne el conocimiento gustativo del niño. En este último caso la neofobia se interpretaría como el miedo del niño a probar nuevos alimentos.  La neofobia se inicia cuando se empieza a alternar la lactancia materna con otros alimentos. Prácticamente todos los niños sienten o sintieron neofobia en algún momento. Es una reacción instintiva heredada genéticamente. La neofobia ha protegido a los seres humanos de probar alimentos nuevos que eran potencialmente venenosos. Supongamos que hemos naufragado en una isla deshabitada pero cubierta de una espesa jungla. Tenemos hambre y exploramos la isla buscando agua y alimento. Con el agua no hay problema. Es transparente y e inodora, así que nuestra experiencia nos dice que muy posiblemente sea potable. Pero la comida es otra cosa. Sólo encontramos frutos de color gris y de forma extraña que cuelgan de algunos árboles, ¿nos atreveríamos a comerlos alegremente? Es casi seguro que no. Tendríamos ciertas prevenciones. No los conocemos. No se parecen a ningún otro fruto que hayamos comido anteriormente y ciertamente el color gris no ayuda en nada. Pero tenemos hambre y cada vez más y los frutos grises son el único alimento disponible en la isla...
Pues bien, este dilema lo tuvieron nuestros antepasados de forma casi diaria. Los primero homínidos surgieron en el Este de África y mientras permanecieron allí no tuvieron muchos problemas en cuanto a la alimentación. A medida que se fueron expandiendo entraron en contacto con otros ecosistemas donde los frutos, bayas silvestres, vegetales e incluso animales eran desconocidos. Para seleccionar qué alimentos podían comer en su nuevo habitat los homínidos empleaban varias técnicas. En primer lugar seleccionaban las especies vegetales y animales por su abundancia y por la capacidad de nuestro sistema digestivo para aprovechar sus nutrientes. Es una táctica oportunista. De nada sirve intentar cazar o recolectar un alimento que por su escasez asegura la hambruna para el grupo. En segundo lugar, seleccionada la "víctima" se estudiaba cuál era la actuación de los depredadores respecto a ella. No es lo mismo que un fruto se lo coman las manadas de monos que éstos lo eviten. Es sorprendente la cantidad de vegetales que contienen venenos en mayor o menor medida. Aún hoy en día la patata, la berenjena o la yuca, entre otros muchos vegetales cultivados, contienen substancias tóxicas. Pero aunque un mono se coma un fruto no es garantía de que sea comestible para el hombre. El mono puede haber desarrollado un sistema digestivo que disminuya el efecto del tóxico. Así que nuestros remotos antepasados aplicaban una sencilla regla de tres : lo que puede ser tóxico en grandes cantidades es posible que sólo ocasione un trastorno leve si se prueba en pequeñas cantidades. De esta manera si la cata no ocasionaba trastornos serios se pasaba a consumir mayores cantidades. Podemos imaginar que ante un nuevo posible alimento los hombres primitivos llegaran a imaginar que aquel podría ser su último bocado. Con el transcurrir de millones de años la prevención ante lo nuevo quedó grabada en nosotros como algo instintivo. De nada sirve que tiendas hacia el niño las acelgas con rostro amistoso, que le asegures que se trata de un inocente alimento, que incluso lo engullas en su presencia : el niño es un animal instintivo y siempre mostrará cierta resistencia. Lo mismo que un austrolopitecus de hace cuatro millones de años que dudaba, y mucho, antes de echarse a la boca aquel fruto desconocido.
Lo peor que podemos hacer en estos casos es luchar con el niño para que coma el nuevo producto. Es un error mayúsculo. El niño se sentirá agredido y podemos estar seguros que convertirá ese alimento en concreto en su bestia personal. ¿O es que nos acordáis cuando vuestros padres os obligaban cada jueves a comer acelgas? ¿cuántos de vosotros aborrecistéis las acelgas hasta el punto que ya adultos no las habéis vuelto a probar? No podemos borrar el instinto, pero sí podemos bordearlo. Cada nuevo alimento se presentará como una alternativa, tal vez como un acompañamiento de una receta que sepamos le agrada. Es posible que la primera vez se niegue a probarla. Tal vez le presentemos el alimento diez veces para ser diez veces rechazado, pero en ningún caso trataremos de imponerlo. Y por imposición también entiendo ponerlo sobre la mesa diez veces consecutivas. Cada vez que lo retiremos no emitiremos ningún comentario sobre lo decepcionado que estamos. Y un día distraidamente pellizcaremos un poco con la cuchara y lo probará, porque el ser humano también es curioso. Tal vez le desagrade el sabor y lo exprese con una mueca pero ya lo habrá probado y ese es un enorme paso. Gigantesco. Porque una vez el instinto le diga que aquello no es venenoso más adelante, cuando se acostumbre, lo comerá sin problemas. Y hasta es probable que él sea el primero que lo pida. En cambio si hubiéramos reaccionado con gritos o al obligarle a comer hubiéramos provocado el vómito - la primera reacción instintiva que permite desalojar un hipotético veneno del estómago - ya nos podemos olvidar para siempre de volver a intentarlo.
Las adelfas del título se refieren a la costumbre que existe - o al menos existía - de plantar en parques y jardines de Barcelona esta planta ornamental. La adelfa es extraodinariamente tóxica, hasta el punto que la miel hecha por las abejas de sus flores es también tóxica. Puede parecer paradójico que una planta tan  venenosa esté al alcance de los niños y sin embargo se hayan reportado muy pocos envenenamientos. De hecho muchos progenitores desconocen el hecho de que las adelfas que se hayan a muy pocos metros de sus hijos son potencialmente mortales. Pues bien, la temida neofobia que nuestros hijos exhiben frente a los alimentos también les protege de que, movidos por la curiosidad, mordisquearan las hojas de la adelda. Como véis, todo tiene razón de ser, incluso aquellas actitudes de rechazo que en principio no podemos entender.

lunes, 25 de octubre de 2010

Los comedores escolares

Las obligaciones laborales de los progenitores obligan a que los niños almuercen en el colegio no sin ello provocar cierta inquietud en el seno familiar. ¿Comerá bien?, ¿cómo debe cenar para complementar la dieta del colegio?, ¿qué ocurre con los niños glotones?, ¿y con los inapetentes? Todas estas son preguntas que los padres se hacen muy a menudo. Voy a tratar de responderlas.




Hay varios puntos que deben ser revisados antes de dejar a los niños a comer en el colegio. El primero es el tipo de menú que se sirve :
- Los primeros platos siempre deben estar formados por alimentos "básicos", entendiendo como tales verduras, legumbres y cereales (alubias, arroz, lentejas, col, judías verdes, guisantes,pasta, acelgas, alcachofas etc)
- Deben haber muy pocos fritos.
- Es imprescindible la presencia de verduras frescas en forma de gazpachos y ensaladas.
- El postre siempre ha de estar formado por una o dos piezas de fruta, alternándolo o complementándolo con algún producto lácteo no azucarado o edulcorado : queso, leche, yogur.
- Las comidas se deben acompañar exclusivamente de agua y los niños deben disponer de la cantidad que deseen en todo momento. Si hay algún niño inapetente se deberá vigilar que no se sacie de agua antes de iniciar la ingestión de alimentos sólidos. Este es un punto que deberán indicar los padres antes de dejar a niños inapententes a comer.
- Los menús han de ser completos, esto es, que proporcionen todos los macronutrientes (lípidos, glúcidos y proteínas) así como micronutrientes imprescindibles (minerales y vitaminas). No es correcto que el menú de un día en particular se base en gran medida en los glúcidos, otro día en el consumo de muchas proteínas y otros sólo en el consumo de fruta y verdura. Tanto la cena como el desayuno deben respetar el correcto equilibrio de nutrientes, es decir, presencia de todos en la proporción adecuada.
- Los ingredientes deben ser de cierta calidad. No es correcto utilizar aceite, leche o carne de baja calidad. Se puede dar de comer muy bien a un niño con presupuestos simplemente correctos, especialmente si pensamos que las raciones que toman son mucho menores que en el caso de los adultos.
- La sal, salsas, alimentos precocinados y el azúcar deberían estar muy poco presentes en los comedores  escolares. Los saleros, azucareros, botellas de ketchup, mostaza etc deberían ser eliminadas.
- Las carnes carentes de grasa como el pollo y el pavo deberían ser predominantes sobre las carnes grasas como el cordero, la ternera o el cerdo (lo cual no quiere decir en absoluto eliminarlas puesto que todas son necesarias en la dieta del niño).
- Debería existir presencia de pescado de forma regular en formatos de fácil aceptación como son supremas empanadas, buñuelos de bacalao, croquetas de atún, ensaladas de legumbres y pescado, palitos de merluza etc.
- Los padres deberían tener la potestad de probar los menús a través de catas realizadas antes de que se inicie el curso o bien de forma presencial, a la misma hora que los niños, de una forma coordinada por la Asociación de Padres.
- Es importante que exista una variación contínua de los menús. Los colegios deben evitar el "hoy es lunes, por tanto tenemos brécol" y asi impedir la mala predisposición de los alumnos frente a determinados alimentos.
- No menos importante es cuidar el sabor y la estética de los alimentos. Si durante una cata de prueba los padres a duras penas pueden soportar el sabor de algún plato no podemos esperar que los niños lo acepten sólo por el hecho de que es bueno para ellos.
- Es importante que las Asociaciones de Padres y la Dirección de la Escuela se impliquen en la búsqueda del mejor menú posible. Pueden eliminar un plato precocinado por otro realizado con productos naturales, optar a la compra de productos ecológicos, mejorar las condiciones de los comedores...siempre es posible hacer algo mejor por la alimentación de nuestros hijos.
En segundo lugar, no menos importante, es el ambiente con el que se encontrará nuestro hijo en el comedor. El almuerzo escolar substituye un almuerzo que debería hacerse en familia. De la misma manera que como adultos nos vemos obligados a comer fuera de casa eligiendo el restaurante y la compañía que más nos agrada, lo mismo debe ocurrir con nuestros hijos. Estos son algunos puntos a tener en cuenta :
- Es importante que las mesas estén ocupadas por un máximo de 6 a 8 niños. Que todos ellos se lleven bien, que se hayan elegido como compañeros pero que los monitores hayan vigilado que no se producen exclusiones y que se respeten mutuamente.
- En algunos casos se han mejorado las condiciones cuando se han substituidos largas mesas por mesas redondas que permiten concentrar la atención de los niños en su comida y en sus compañeros habituales. La mesa redonda les aleja de otras mesas que pudieran ser causa de distracción.
- Es vital que el comedor escolar sea un lugar no diría silencioso pero desde luego poco ruidoso. El ruido molesta e impide disfrutar de la comida y del merecido descanso de los niños. Pensemos que los niños entran en el colegio a las 9 de la mañana y salen a las 5, un horario prácticamente de adulto. Necesitan relax durante al menos un par de horas. No es menos cierto que a menudo los comedores son salas grandes y muchas veces reverberantes (la reverberación es un eco producido por obstáculos próximos donde las ondas sonoras que van y las que vuelven se entremezclan creando una fuerte confusión). Es conveniente que dichas salas se acondicionen acústicamente con elementos absorbentes si fuera necesario (enmoquetar las paredes y techo podría ser una buena solución).
- El comedor es un lugar donde se aprenden normas de convivencia y normas de alimentación. Los monitores deben velar para que los niños se laven las manos antes de ocupar las mesas, utilicen correctamente los cubiertos, intenten no mancharse, respeten la comida de los compañeros y se sienten con una postura adecuada y sin levantarse. También es importante que puedan ver a alumnos de mayor edad y fijarse en su forma de comportarse frente a la comida (suponiendo evidentemente que se trate de un ejemplo positivo).
- La tarea de los monitores es esencial. Debería haber un monitor por cada cuatro mesas o para un máximo de cuarenta niños. Aparte de impartir las reglas de socialización deben ayudar a aquellos niños que tienen problemas con algunos alimentos y marcar el tiempo para el desarrollo de la comida. Lo que nunca deben hacer es ser estrictos y autoritarios, mucho menos tiránicos y desde luego que su misión no es conseguir que el niño se acabe la ración del plato. En muchos colegios se sigue indicando a los padres, como prueba de los hábitos alimenticios del niño, si éste ha tenido problemas en acabarse la comida. Esta indicación carece de cualquier valor a menos que sea el niño quien se sirve su propia porción - algo poco habitual por desgracia - o si la ausencia de apetito es indicativa de alguna enfermedad. Acabarse la ración del plato más allá del apetito que se tenga es una terrible tortura. Lo que sí es importante es que se coma de todo aunque al final la ración quepa en la palma de la mano. De nada sirve que un niño se hinche a macarrones si no prueba ni la fruta ni la verdura. O viceversa.


En tercer lugar es importante evaluar los efectos positivos de los comedores escolares. A menudo los niños que no son realmente inapetentes encuentran en los comedores, donde ya no son el punto de atención de la familia, el ambiente ideal para observar, reir, conversar y comer sin darle importancia al acto. Pero también pueden ser el lugar donde los que si padecen este trastorno alimentario desarrollen formas peligrosas de alimentación aprovechando el anonimato, aunque estos casos son los menos. Generalmente los comedores escolares son buenos para niños tímidos, y para los glotones así como para cualquier tipo de alumno siempre y cuando el ambiente sea agradable, pero es malo en general para los inapetentes reales.

Finalmente la familia juega un rol importante en el tema de los comedores escolares. No hemos de dar por sentado que lo que aprenda o coma a mediodía nos "libera" de educar en la mesa a nuestro hijo. No vale la pena insistir en el tema de que coma fruta y verdura si preferimos dar platos precocinados para la cena y nosotros mismos no consumimos delante de nuestros hijos productos frescos. Lo que vale para la comida vale para la cena y como única prevención deberemos tener en cuenta lo que ha comido a mediodía para intentar no repetirlo por la noche, más por un tema sensorial que por una necesidad fisiológica, pero que también es importante.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Corazones de alcachofas baby rebozadas

Conseguir que un niño coma verdura es tarea ardua pero si además se trata de especies de sabor complicado (alcachofas, berenjena, brécol, coles de bruselas...) es casi imposible. Para solucionar el problema recomiendo un rebozado crujiente que convertirá las odiadas verduras en agradables bocados.
Existe una moda, asociada generalmente a la consecución de acompañamientos para platos principales, consistente en reducir el tamaño de los vegetales. Así encontramos zanahorias miniatura, tomates cherry, patatas y habas baby... Aprovechando esta moda vamos a emplear alcachofas baby para este sencillo plato. Debido a su tamaño son fáciles de freir. Las alcachofas baby se encuentran principalmente congeladas o en conserva. Una ración normal por adulto es de 5 unidades mientras que para un niño son suficientes 3 unidades.
Vamos a emplear una técnica de rebozado adecuada para elementos con volumen. Se consigue un recubrimiento perfecto similar al que la industria alimentaria consigue para los rebozados de croquetas, por ejemplo. El rebozado no es un modo "ideal" de cocinar los alimentos para niños si no se hace bien. El aceite debe ser siempre virgen extra de oliva, a ser posible nuevo o con muy pocos usos (tres a lo sumo). Debemos conseguir una temperatura alta pero sin que llegue a humear. De esta manera al sumergir el ingrediente se formará una película a su alrededor que impedirá entrar más aceite y por tanto reducirá la ingesta de grasa. Tras la fritura se debe escurrir bien el producto tanto en rejilla como sobre papel absorbente.

INGREDIENTES :

3/5 unidades de alcachofas baby por comensal
Harina de trigo integral
2 huevos
Harina de galleta
Sal
Aceite virgen extra de oliva

Disponemos 5 cuencos en linea. El primero lo llenamos con harina integral. El segundo con un huevo batido. El tercero con harina de galleta. El cuarto con otro huevo batido y el último de nuevo con harina de galleta con un poco de sal.
  • Primero salamos ligeramente las alcachofas
  • A continuación las embadurnamos con la harina integral
  • Una vez bien cubiertas de harina las pasamos por el huevo.
  • Ahora cubrimos con harina de galleta.
  • De nuevo mojamos con huevo del cuarto cuenco y finalmente volvemos a cubrir de harina de galleta del último recipiente (que además contiene una pizca de sal).
Estas cinco capas conseguirán un resultado crujiente muy agradable. Seguidamente introducimos las alcachofas en una sartén con dos dedos de aceite de oliva virgen extra muy caliente o bien en una freidora con aceite nuevo. Debe burbujear abundantemente. Con 3 minutos debería ser suficiente (o hasta que el rebozado queda dorado, no negro). Dejamos escurrir en el cestillo de la freidora o bien sobre papel absorbente. Se sirven inmediatamente como acompañamiento de segundos platos.
Generalmente las alcachofas baby son pequeñas y blandas y por tanto no necesitan cocción previa. Para verduras de mayor tamaño (brécol) o más duras (zanahoria) sí sería necesaria una cocción previa. No obstante este tipo de rebozado sólo es recomendable para alcachofas y coles de bruselas. Para otras verduras con volumen recomiendo tempura, pasta orly o cualquier otra técnica que permita recubrimientos mejores que los obtenidos con el huevo.

martes, 19 de octubre de 2010

¿Cuánto tiempo debe tardar mi hijo en comer?

Educar a nuestros hijos en la alimentación, tanto si se trata de un niño inapetente como no, tiene varios frentes. Estos son los principales :

1. Comer de todo.

2. Inducirle a tomar hábitos sanos de alimentación.

3. Adquirir cultura culinaria.

4. Tomar conciencia del cuándo y en cuanto tiempo nos debemos alimentar.


Vamos a repasar muy rápidamente los tres primeros puntos.  Comer de todo es imprescindible para dotar al niño de una alimentación variada que contenga todos los nutrientes necesarios. Es también necesario que aprenda por qué es necesario ingerir frutas y verduras, cuándo es más necesario tomar carbohidratos o por qué hemos de limitar la ingesta de carnes y productos grasos, dentro del apartado de los hábitos sanos. Luego tendríamos que proporcionar al niño con una cierta cultura alimentaria : algo tan simple como ir al mercado y conocer los nombres de frutas, verduras, legumbres, aves, carnes etc o identificar que el pan se hace con harina, que las patatas nacen bajo tierra o las verduras y frutas son grandes reservas de vitaminas y la carne fuente de proteínas. Y finalmente está todo lo relacionado con la cronometría de la alimentación. El tiempo se refiere a qué horario debemos seguir para ingerir comida y cuánto tiempo debemos gastar en cada toma.

A medida que el niño va creciendo su estómago se va haciendo más grande siendo posible disminuir la cantidad de tomas. Alrededor de los tres años las tomas se pueden equiparar aproximadamente con las tomas de los adultos. Lo ideal sería que se proporcionara comida a nuestro cuerpo cada tres horas. Si nos levantamos a las 7:30, podemos desayunar fuerte a las 8, luego tomar un bocadillo ligero a las 11h, almorzar a las dos de la tarde, merendar a las 5 y cenar ligero a las 8 de la noche. Ese sería un buen horario. Si lamentablemente desayunamos de forma escasa, sería importante adelantar el horario del bocadillo de la mañana y complementarlo con algún lácteo y fruta. Esto también es aplicable a los niños de forma mucho más estricta. Recordemos que su cuerpos no tienen las reservas que pueden acumular los adultos y requieren reponer nutrientes y energía más a menudo. Si seguimos horarios rígidos el cuerpo va a responder mejor cuando alcancen la edad adulta. Puesto que sabe que la comida llegará cada tres horas de forma puntual no tenderá a acumular grasa para compensar largos periodos de tiempo sin ingerir nada. ¿Y cuánto tiempo debemos dedicar a cada comida? Generalmente los adultos dedicamos mucho menos tiempo de lo que deberíamos. Para acelerar la ingesta deglutimos pedazos demasiado grandes de comida, a medio masticar, afectando a todo el resto del proceso digestivo. Lo normal sería dedicar alrededor de una hora a cada comida compuesta de entrantes, segundos y postre. Si el plato es único porque incorpora todos los nutrientes necesarios podemos estar hablando de treinta o cuarenta minutos. Es contraproducente obligar a los niños a comer deprisa porque, siendo todavía más instintivos que culturales saben que necesitan masticar adecuadamente los alimentos para ayudar a su todavía poco formado sistema digestivo. Por eso no debemos forzarles a comer rápido sino a hacerlo dentro de sus propios parámetros. La primera regla consiste en que las porciones se las debe servir el mismo niño. Si éste es inapetente seremos comprensivos con una más que probable exigua ración mientras que si es glotón siempre procuraremos que si ha de hincharse de algo, que sea de verdura y fruta. Luego marcaremos un tiempo por plato. Si tenemos tres platos (entrante, segundo, postre) distribuiremos el tiempo según la dificultad en la ingesta de cada uno de ellos. No es lo mismo entrar con una crema de verduras que hacerlo con unas croquetas. Una vez fijamos mentalmente el tiempo para cada plato no vamos a dejar que el niño se pase de tiempo en interminables masticaciones. No se trata de atosigar al niño inapetente para que digiera la "bola alimenticia" si no de conseguir una masticación normal en un tiempo racional, acorde con el tamaño de la porción y de la temperatura del plato. En el caso del niño glotón la situación cambia : debemos conseguir que la comida pase al estómago con la máxima trituración y eliminar ese ansia en devorar imponiendo calma a la masticación. Si queda comida en el plato del niño inapetente o ésta se ha enfriado retiraremos el plato pasando al siguiente sin regañar pero tampoco alabando una posible finalización del mismo.   Como he dicho muchas veces, la comida es un acto normal y básico de nuestra vida, y de la misma manera que nadie nos regaña o nos jalea para ir a orinar o dormir, tampoco debemos dar más importancia al acto de comer de la que merece. Si la comida se ha enfriado y el niño es muy pequeño la podemos calentar de nuevo en el microondas, pero esta práctica debe desaparecer cuando el niño crece.

Existe la tendencia en las familias en primar los segundos platos por encima de los entrantes. A veces parece más razonable presionar al niño para que se termine la carne que para finalizar la verdura. Es cierto que los segundos debido a su mayor precio parecen desperdiciarse de una manera más dolorosa, pero tan o más importantes son las verduras, la sopa o las legumbres que la carne o el pescado que les suceden. Mucha calma zen ante el filete que se va a medio comer.

El niño inapetente, con sus interminables masticaciones, probablemente no tenga suficiente con una hora para comer pero a lo largo del tiempo tomará esa hora como referencia y tanto si cambia con el tiempo como si no, utilizar una hora para comer es una actitud muy saludable. El niño glotón en cambio tendrá tiempo de sobra. Podemos en este caso espaciar la entrega de los platos o ejercitar diversas habilidades - cortar la carne, enrollar los tallarines en una cuchara etc - que le tomarán tiempo, llenaremos la hora  con el mismo beneficio en su salud a largo plazo.

Existe la costumbre de limitar el tiempo de comida a los niños utilizando un reloj  físico colocado cerca de él. Aunque no conozcan cómo se lee la hora, se les ejercita para saber que cuando la manecilla pequeña y la grande están es una determinada posición el tiempo se habrá agotado. Cuando el tiempo ha transcurrido, se les retira el plato sin más. Tal vez esta técnica funcione para el niño "medio" - lo dudo, stresar al niño no suele servir de nada - , pero es totalmente ineficaz e incluso contraproducente para el inapetente y el glotón. El primero prefiere dejar pasar el tiempo sabiendo que al final le retirarán el plato que a duras penas puede acabar y el segundo se lanza a devorar en lugar de comer de forma tranquila. 

Nuestra vida como adultos está marcada por las rutinas pautadas del tiempo. Podría ser de otra manera, pero es así. Por tanto no es malo inculcar la economía del tiempo en los niños y que lo hagamos de una forma razonable sin caer en los errores que los mayores cometemos comiendo en quince minutos.

lunes, 11 de octubre de 2010

Si no comes, no crecerás

La afirmación que titula este artículo es una de las amenazas más empleadas para obligar a los niños a comer. A veces se adorna comparando al niño objeto de la amenaza con otros compañeros de clase más altos. No obstante ligar el crecimiento con la alimentación es algo erróneo. El crecimiento de un niño depende en un 80% de la información genética heredada de sus padres. Si ambos son altos, es muy probable que él también sea alto, independientemente de si come mucho o es inapetente. Sólo en casos extremos de inapetencia, generalmente debidos a manifestaciones de una enfermedad, se pueden producir casos de mermas en el crecimiento. Eso al menos en el que llamamos "primer mundo". En los países subdesarrollados la alimentación es poco abundante y pobre en nutrientes, produciéndose una severa limitación en el posible crecimiento del niño. El 20% restante de responsabilidad en el desarrollo de un niño depende del entorno : si lleva una vida sedentaria o hace deporte, si descansa un número adecuado de horas .. En realidad la supuesta "amenaza" se podría realizar sólo muy al principio de la vida del niño, cuando no puede entenderla, ya que en esa etapa de la vida de crecimiento desmesurado se emplea el 35% de la alimentación recibida en crecer. Tampoco es muy lógico comparar la talla del niño con otros compañeros de clase. El crecimiento de los niños es muy dispar. Dentro de una misma aula es posible que existan diferencias de veinte centímetros o más, siendo ambos extremos perfectamente normales. Si nuestro hijo se halla dentro de la banda "baja" lo único que haremos será mortificarlo por un hecho que no tiene nada que ver con la alimentación. La talla es un problema sólo si el pediatra nos advierte de un crecimiento por debajo de lo normal. ¿Y que altura tendrá nuestro hijo? Existen muchos cálculos empíricos para conocer la posible altura máxima que podrá alcanzar el niño. Todos ellos son meras suposiciones y son lo suficientemente "amplios" para admitir muchos posibles resultados. El cálculo es :

Talla del padre + Talla de la madre
-----------------------------------     = +/- 9 cm
                        2

Esto es, sumamos la talla del padre y de la madre, dividimos por dos y sumamos y restamos 9 cm para conocer el margen en el que se moverá nuestro hijo.
Por ejemplo : 
Padre = 169 cm
Madre = 167 cm
El niño o niña podrá medir entre 161 y 177 cm cuando alcance la edad adulta

Otro ejemplo :
Padre = 190 cm
Madre =177cm
En este caso el mínimo sería 174,5 cm y el máximo 192,5 cm

miércoles, 6 de octubre de 2010

Los niños y el agua en la escuela

Los niños se quejan a menudo de que en la escuela les limitan la cantidad de agua que pueden beber. Cuando los padres los recogen a mediodia o por la tarde lo primero que hacen tras los saludos de rigor es pedir cualquier cosa para beber.
Lamentablemente durante las horas escolares los maestros suelen limitar el acceso al agua para evitar que muchos de los niños soliciten acudir a las fuentes del pasillo o al lavabo a saciar la sed y la disciplina de la clase se rompa. Es obvio que el profesorado no está compuesto de sádicos pero es importante que ante esta situación se piense detenidamente en una solución "fisiológicamente" aceptable. Limitar el acceso al agua es lo peor que se puede hacer a un niño.
Mientras que en un lactante el intercambio de líquido supone el 25% de su peso, en un adulto sólo se trata de un 6%. La necesidad de agua de nuestro cuerpo va relacionado con el gasto calórico  básico para simplemente mantener las constantes metabólicas. Hay varias formas de calcular la cantidad de agua, necesaria aunque la más utilizada es la de Holliday Segar. Esta fórmula indica que por cada 100 Kcal metabolizadas se requieren 100 ml de agua (es preciso indicar que esta fórmula no es apropiada para niños menores de 30 días). Para los primeros 10 Kg, necesitamos 100 ml x kilogramo. Los segundos 10 Kg necesitan 50 ml x kg. Por cada kilogramo adicional, 20 ml x Kg.
Por tanto un niño de 6 años de 22 Kg de peso necesita diariamente :

 10 Kg x 100 ml = 1000 ml
 10 Kg x   50 ml = 1000 ml
   2 Kg x   20 ml =     40 ml

TOTAL              =  2040 ml (algo más de 2 litros de agua)

Cabe indicar que esto representa una necesidad mínima de agua para mantener los procesos metabólicos del cuerpo. Si el niño tiene fiebre o suda mucho por el calor es preciso añadir más agua.
Como habéis observado, la fórmula es general y no diferencia entre un adulto y un niño. Entonces, ¿por qué un niño necesita beber más a menudo?
En primer lugar porque el porcentaje de agua de nuestro cuerpo disminuye a medida que crecemos. Un lactante tiene el 80% de su cuerpo compuesto de agua. En los adultos disminuye hasta el 65% mientras que en la vejez apenas alcanza el 50%. De esto se deduce que el niño necesita reponer más agua.
En segundo lugar las tomas son pequeñas. Un adulto se puede beber un litro de agua de un solo trago. El estomago del niño es mucho más pequeño y aunque el agua presenta un tránsito rápido es imposible hacer grandes acopios de líquido. Esto hace que a veces las continuas solicitudes de agua en la escuela le parezcan impertinencia a los profesores cuando simplemente se trata de una necesidad básica.
En tercer lugar los niños son instintivos. Un adulto se puede esperar horas y horas sin orinar o sin beber o sin comer simplemente porque está en una reunión, porque está viajando o porque no puede por cualquier circunstancia. Esto es una imposición cultural, aprendida. Domamos nuestro cuerpo para que se adapte a nuestro entorno social. ¿Cuántos de vosotros os habéis levantado de una mesa de reunión para ir al lavabo o beber un vaso de agua? Seguramente pocos.  ¡¿Quién se atreve a hacer algo así ante el cliente o el jefe ? ! Pues eso el niño no lo sabe hacer. Ni creo que deba hacerlo. De hecho ni siquiera creo que el adulto tenga que hacerlo puesto que llega un momento en que olvidamos las señales que nos envía el cuerpo. No es extraño que muchos ancianos padezcan deshidratación aún cuando no tenían ninguna restricción para alcanzar el agua. En las residencias de ancianos el personal sanitario a veces se las ve y se las desea para "obligar" a los ancianos a que beban agua cuando hace mucha calor.
El agua nos llega principalmente a través de los alimentos y de la ingesta directa. Vamos a ver cuánta agua bebe el niño en condiciones normales. Supongamos que bebe un vaso y medio en el almuerzo y la cena. Seguramente bebería más pero si le damos agua antes de comer y el niño es inapetente probablemente ya no quiera comer o lo haga de forma insuficiente porque el agua le sacia. Así que tenemos 750 ml. Por la mañana ha desayunado una taza de leche que supone unos 200 ml. El cálculo de agua que contiene la comida es más complicado. No es lo mismo tomar sopa que carne o arroz. Suponemos que obtenemos otros 500 ml. Hasta ahora tenemos1250 ml. Recordemos que para el niño de 22 Kg necesitamos 2040 ml.  Aún necesitamos casi 800 ml, que vienen a ser algo más de tres vasos. Puesto que las tomas no pueden ser de gran volumen por el tamaño del estómago de los niños, tenemos que con tomas de 100 ml necesitamos repartir 8 vasos de agua a lo largo del día. Puesto que el colegio ocupa el 42% del tiempo activo del niño, durante ese periodo de tiempo deberá tomar algo más de tres vasos de agua con el agravante de que hay patio y probablemente jugará de forma activa con lo que al menos necesitará un vaso o dos extra.
Si hay algún profesor leyendo esto se habrá echado las manos a la cabeza imaginando a todos los niños pidiendo agua de forma aleatoria. Es comprensible que la disciplina de las aulas se vería severamente alterada pero no es de recibo que se impida el acceso al agua. Hay varias soluciones. Una importante es disponer de muchas fuentes de agua en el patio de recreo de manera que los niños puedan hidratarse bien al salir o antes de recogerse de nuevo en las aulas. Si hay colas para acceder a unos pocos grifo difícilmente se cubrirán las necesidades de decenas de niños. Si se "organizan" salidas al lavabo no estaría de más completarlas con el suministro de agua a los más pequeños o bien en una hora determina, tal vez antes del cambio de profesor, proponer hacer una toma que o bien puede ser dándoles en su propio vaso desde una jarra dispuesta en cada clase o bien ir por grupos hasta una fuente del pasillo. Si nada de esto se puede garantizar, se les debería permitir ir a clase con una botella que no pudiera derramar el contenido.
Por cierto, ante la reticencia de muchas escuelas, dar de beber no supone orinar más. Estamos hablando de hidratar de forma lógica, no de organizar carreras al lavabo. Limitar el acceso al agua para evitar que los niños vayan al aseo es un sandez impropia de la educación que imparten las escuelas.
¿Qué ocurre si el niño no bebe suficiente agua? Pues muchas cosas. Desde patologías "inadvertidas" hasta problemas graves de salud. Hay que recordar que somos agua y todos nuestros procesos fisiológicos la llevan implícita de alguna manera. Los niños con sed reaccionan de forma inmediata con falta de concentración y nerviosismo, lo cual no es nada recomendable en el entorno escolar. Aún así es triste decir que sobretodo los niños y los ancianos están muy por debajo de las cantidades mínimas de agua requeridas. De hecho algunos estudios hablan de un 50% del total necesario. Entonces, ¿cómo se explica que no hayan más problemas al respecto? Afortunadamente nuestro cuerpo "genera" agua a través de los procesos metabólicos y eso cubre en parte las deficiencias de agua de nuestra dieta.
Por eso, es preciso fiarse siempre del instinto de los niños y cuando piden agua a deshora, de noche, tres veces en menos de una hora, no pensemos que son impertinencias sino que la culpa probablemente cae del lado de padres y educadores.
Por cierto, supongo que no hace falta decirlo, no es lo mismo beber AGUA que beber agua a través de los refrescos o los zumos envasados. Llevan agua, en efecto, pero también azúcar, colorantes etc, etc. El mundo publicitario "pinta" el agua como aburrida e insípida, así que a veces nuestra lucha tiene muchos frentes.

 

martes, 5 de octubre de 2010

A la hora de comer...mucha tranquilidad

No os voy a decir nada nuevo : un niño inapetente genera tensión en el seno de las familias. La tensión se multiplica si cada adulto que revolotea alrededor del niño aporta una solución radicalmente diferente al problema. Es posible que el niño desayune con la madre, a mediodía almuerce en casa de los abuelos y cene finalmente con ambos progenitores si los horarios laborales lo permiten. Si hay despreocupación del padre, firmeza en los abuelos e  ira en la  madre la combinación es letal para el niño que puede llegar a sentir que la hora de la comida es una tortura. Tampoco le resulta agradable que la pareja aproveche la comida para dirimir las diferencias. 
El grupo familiar que se encarga de  las comidas del niño debe aceptar de antemano una serie de premisas  Descartada cualquer patología que pudiera provocar una inapetencia, estos son los puntos que recomiendo :
  1. Fijar una ración-patrón común a todas las comidas : no es aceptable que en la comida se le exija consumir raciones mucho mayores que en la cena, o que se disminuya la importancia del desayuno. Con los niños inapetentes una buena técnica consiste en darles la cuchara de servicio y que se sirvan ellos mismos la ración que consideran adecuada. Si se sirven poco, a la siguiente vez, mismo alimento, ya intentarán añadir un poco más. La ración aconsejable es la proporcional al tamaño y peso del adulto en comparación con el niño. Los niños no necesitan más energía que nosotros, por mucho que su actividad aparente parezca superior.
  2. Desdramatizar la comida : puesto que las ingestas son motivo de tensión a menudo de forma inconsciente vamos cargando el ambiente. " A ver si comes hoy", "se acerca la hora de la comida", etc son frases que deberíamos evitar. Comer es un acto normal, simple, sencillo, que debemos cumplimentar con tranquilidad y evidentemente no requiere una preparación "psicológica" previa.
  3. Respetar unos horarios :  los niños deberían comer siempre a las mismas horas. Lo ideal sería una toma cada tres horas para niños no lactantes (Desayuno - Desayuno de media mañana - Almuerzo - Merienda - Cena ). Comprendo que a veces los horarios pueden cambiar según el tráfico de la escuela al hogar o por otras circunstancias familiares, pero lo ideal es que la rutina horaria cale en el niño. El cuerpo responderá "generando"  hambre a una determinada hora. De la misma manera también es necesario introducir variaciones por motivos justificados : los fines de semana porque todos vamos a comer a casa de los abuelos, en vacaciones para aprovechar más horas de sol en la playa etc. Esos cambios justificados le van acostumbrando a la vida "real" que le espera de adulto.
  4. Generar un espacio agradable para la comida :  nuestros hijos "aman" la rutina porque en ella se sienten seguros.  Así que siempre comerán en el mismo lugar, con una disposición idéntica de los platos, cubiertos etc. A ser posible evitaremos distracciones como son los juguetes y sobretodo la televisión.
  5. Nuestra actitud es fundamental : aunque es fácil decirlo debemos evitar la ira, el enfado, la reprimenda y especialmente el premio o el castigo. Si come bien se le debe alabar de forma discreta y si no lo hace bien simplemente se le indicarán sus fallos. Si premiáramos o castigáramos el niño éste podría controlar a los adultos a través de la comida y eso es algo que debemos evitar a toda costa. El propósito es hacerle comprender que la comida es un acto natural que se debe solventar de la misma manera que dormimos o vamos al baño. Eso no quiere decir que no debamos ser firmes. Si quiere pasar al segundo plato hemos de pactar una cantidad mínima de cucharadas de puré o de verdura. Tampoco permitiremos actos que vayan en contra de la buena educación en la mesa.
  6. Predicar con el ejemplo : ¿eres capaz de comerte el mismo plato de puré de verduras que se está comiendo tu hijo? ¿no? ¿Por qué no? Tal vez esté soso o no te guste. Y si no te gusta y evitas comer verdura, ¿cómo pretendes que él sí lo haga? No es aceptable que la comida que das a tu hijo sea incomestible para tí puesto que, con las obvias diferencias, el gusto de uno es igual al del otro. Aprende a cocinar mejor y aunque no te guste haz de tí un ejemplo para el niño.
  7. Paciencia : mucha paciencia. No pensemos que quedan 40 cucharadas por comer y sólo se ha ingerido 4. Pensemos que ayer sólo comió 3 y hemos ganado una cucharada más.

lunes, 4 de octubre de 2010

Nutrición infantil : el hierro

El ser humano necesita macronutrientes (proteínas, lípidos y glúcidos) para su correcta nutrición. A su vez necesita micronutrientes, en cantidades mucho más modestas, pero absolutamente esenciales : son las vitaminas y los minerales. De un modo muy general podemos decir que la dieta occidental está sobrada de macronutrientes. Consumimos un exceso de proteínas (lo cual no quiere decir que cubran todas nuestras necesidades cualitativas), lípidos (grasas) y glúcidos (carbohidratos) pero no podemos decir lo mismo sobre los micronutrientes. La dieta actual, con poca fruta y verdura fresca, tiende a estar disminuida de vitaminas y lo mismo ocurre con los minerales aunque por causas diferentes. Sin acudir en exceso a las tablas nutricionales, es posible afirmar que si comemos muy variado podemos cubrir todo el espectro de nutrientes necesarios. 
Con la mayoría de nutrientes nos manejamos bastante bien excepto con el hierro, que lo llevamos muy mal. De hecho su carencia es un asunto serio en todas las dietas del Planeta, hasta el punto que se piensa que un 30% de la población mundial presenta deficiencias. Poca broma : que 2.000 millones de seres humanos tengan problemas relacionados con el hierro nutricional es algo muy a tener en cuenta. La falta de hierro va desde una carencia que no se detecta jamás hasta que aparecen anemias severas, disminución de las capacidades intelectuales o menor resistencia frente al esfuerzo. Los niños suelen tener este problema, a menudo sin ser jamás detectado. Veamos cómo ocurre.
El hierro se encuentra cantidades muy pequeñas en el cuerpo humano. Un hombre adulto "contiene" 4 gramos mientras que la mujer adulta apenas posee 2.5 gramos. A pesar de su escasa presencia es vital en la constitución de la hemoglobina, las enzimas esenciales del metabolismo celular (citocromos, catalasas y peroxidasas) así como la mioglobina del músculo (de ahí que la carencia de hierro se traduzca en la menor resistencia frente al esfuerzo que habíamos mencionado con anterioridad).
El hierro en el cuerpo humano se subdivide en dos grandes grupos :
- hierro hemínico, presente en la hemoglobina y que representa el 65% del total.
- el hierro no hemínico, compuesto por enzimas no hemínicas, la transferrina y las reservas.
La hemoglobina permite transportar diariamente de 700 a 1000 litros de oxígeno hacia las células y por tanto hace uso diario del hierro. El cambio la mioglobina y la ferritina son formas de reservas de hierro, la primera para los músculos y la segunda para su almacenamiento en el hígado. Es decir, algo bueno había de tener el hierro, se almacena en nuestro cuerpo. Nuestro cuerpo es bastante ahorrativo con respecto al hierro ; sin embargo es un auténtico desastre a la hora de absorberlo y por las pérdidas residuales que registra.

Contenido de hierro de los alimentos (miligramos cada 100 gramos) :
  • Frutas ...................... 0.1 a 0.3
  • Patatas..................... 0.7
  • Espinacas................. 4
  • Legumbres............... 6
  • Lentejas................... 7
  • Carne de ternera .... 1.2 a 2.5
  • Carne de cerdo........ 1
  • Hígado de ternera... 8
  • Morcilla................... 14
  • Desayuno "all bran" 14
  • Germen de trigo...... 9
  • Mejillón................... 7
  • Pistacho.................. 7
de la lista se deduce que los alimentos animales (carne, hígado, morcilla, mejillón) son los más ricos en hierro seguidos de las legumbres. Las espinacas, ensalzadas por el inefable Popeye, son ricas en hierro pero tampoco demasiado. El problema en realidad no es la cantidad de hierro del alimento, sino la capacidad de absorción del cuerpo humano.
El hierro hemínico, que se encuentra en todos los alimentos de origen animal, se absorbe mucho mejor que el hierro no hemínico, de presencia vegetal principalmente. En el primero podemos alcanzar  una absorción del 25% mientras que en el segundo llegamos como máximo al 5%.
Así tenemos que en una porción de 100 gramos de legumbres, de los 7 mg disponibles podemos absorber como máximo 0,35 gramos. La misma cantidad de mejillones nos permitiría absorber 1mg, si fuera de hígado de ternera 1,6 mg y si se tratara de leche materna podríamos absorber el 30% del hierro de la misma.

¿Cuánto hierro necesitamos a diario?

Hemos dicho anteriormente que el hierro funciona en nuestro cuerpo casi a modo de "circuito cerrado", de forma muy ahorrativa. Aún así se producen pérdidas que deben ser compensadas. En el hombre adulto dicha pérdida se sitúa en torno a 1 mg de hierro / día mientras que la mujer, debido al ciclo menstrual, puede llegar a perder una media diaria de 1.3 mg. En general la problemática ligada al hierro nutricional es más importante en la mujer que en el hombre.
Los aportes aconsejados por día en mg son :

Lactantes de 3 a 12 meses..................................... 9 mg
Niños hasta 12 años ............................................. 10 mg
Adolescentes en pleno "estirón".......................... 15 mg
Hombre adulto..................................................... 10 mg
Mujeres durante todo el ciclo fértil..................... 18 mg
Mujeres tras la menopausia................................. 10 mg
Mujeres embarazadas .......................................... 20 a 30 mg
Mujeres lactantes................................................. 20 mg

Recordemos que de estas cantidades sólo una parte se absorben por lo cual no son exageradas en absoluto. Para nuestra dieta hemos de calcular dicha absorción según el tipo de alimento ingerido y el grupo al cual pertenezcamos. Si sólo tomamos hierro a través de dietas vegetarianas deberemos emplear algunos trucos como favorecer la absorción con la ingesta de zumos ricos en vitamina C o complementar la dieta con productos farmacéuticos.

El problema del hierro

El fenómeno por el cual el ser humano absorbe una proporción tan baja de hierro es única. No ocurre lo mismo con otros minerales donde la tasa de absorción puede sobrepasar el 90%. La razón de este "fracaso" de nuestro sistema se debe probablemente a la herencia de un largo pasado como cazadores. Durante millones de años el homo sapiens o los homínidos que le precedieron fueron cazadores y recolectores, de manera que su organismo estaba preparado para absorber únicamente el hierro hemínico de las presas (pescado y carne). Cuando hace 12.000 años se produce la revolución agrícola la dieta queda severamente modificada y la carne pasa a ser un nutriente minoritario. Esto supuso que el hierro ahora tenía que proceder de los cereales y las verduras, el llamado hierro no hemínico. De hecho en la actualidad todavía estamos aprendiendo a absorberlo. Esto queda demostrado estudiando comunidades primitivas que se alimentan tal y como lo hacíamos hace millones de años. Por ejemplo, los bosquimanos del Kalahari carecen del problema del hierro, lo mismo que los masai, cuya alimentación procede fundamentalmente del ganado (leche, carne y sangre).
También la presencia de inhibidores puede disminuir la absorción de hierro, como son el té, el café, los fosfatos y las dietas muy ricas en fibras vegetales celulósicas.
La deficiencia de hierro se ha venido asociando a la anemia desde los primeros tiempos de la Humanidad. Era la enfermedad típica de la mujer joven, que se exteriorizaba por la extrema palidez y la debilidad general. Esta enfermedad se producía por la reducción de la hemoglobina circulante y se agravaba cuando se iniciaba el ciclo menstrual de la mujer, de ahí la asociación. Hasta hace poco se consideraba la forma visible de la carencia de hierro pero en la actualidad se conocen mucho efectos perniciosos sobre la salud siendo la anemia sólo la punta del iceberg. En los países subdesarrollados o en vías de desarrollo está claro que la falta de disponibilidad de alimentos ricos en hierro es el factor desencadenante de las diversas patologías asociadas a la carencia de hierro.
En los países desarrollados la carencia de hierro en la dieta viene dada por la disminución del aporte general del mismo, especialmente porque algunos alimentos como las legumbres o la casquería ya no son tan habituales en nuestra alimentación cotidiana.
He dicho que la anemia es la punta del iceberg. Cada vez que alguien acude a la consulta médica con signos evidentes de anemia hay otras muchas personas que no lo hacen porque su sintomatología no es tan clara pero el origen de su enfermedad es idéntica. Puede tratarse de una disminución de la capacidad física al esfuerzo, de una resistencia menor a las infecciones, de la reducción de la capacidad intelectual o diversas perturbaciones que se suceden en el transcurso del embarazo, entre otros posibles avisos de la falta del mineral.
Los mayores grupos de riesgo son los lactantes, los niños y adolescentes, así como las mujeres durante la menstruación y las embarazadas. Como grupos de riesgo continuado tenemos a las mujeres desde su primera menstruación hasta la menopausia y a los ancianos, estos últimos por la deficiente alimentación que suelen ingerir.
¿Qué debemos hacer? En lo casos graves debemos acudir al médico que seguramente nos aconsejará tomar suplementos minerales. Esta es una solución a corto-medio plazo y no debería extenderse más allá de lo razonable. Lo mejor es modificar nuestra dieta de forma cuidadosa. Digo cuidadosa porque es cierto que consumiríamos mucho más hierro si nos infláramos a bistecs y entrecots, pero también abusaríamos de grasas saturadas que a la larga derivarían en una cardiopatía.
Mi consejo es incluir en nuestra dieta casi de forma diaria legumbres, principalmente lentejas, alubias blancas, garbanzos , soja etc. Al tratarse de hierro no hemínico es recomendable acompañar estas comidas con zumo de naranja natural.
Podemos comer de 2 a 4 huevos por semana - cuidado con el colesterol - de manera que la yema nos aportará unos 6 mg de hierro.
Una vez por semana podemos comer algún producto animal rico en hierro de origen animal. Serían recomendables el hígado de pollo, de ternera o de cordero siempre y cuando sean de origen confiable. Lamentablemente el hígado de los animales suele contener tóxicos resultado del método de crianza así que prácticamente sólo me decanto por animales catalogados como ecológicos o bien, en este orden de preferencia, el hígado de lechal, a continuación el de pollo de corral y finalmente el de ternera. También podemos comer carne de ternera o cerdo ocasionalmente, pero sería preferible comer carne de pavo o pollo por su menor aporte en grasas saturadas. La morcilla o la botifarra negra contienen mucho hierro y se recomiendan un máximo de una vez por semana.
Es recomendable tomar cada mañana cereales con alto contenido en hierro. Generalmente todos los cereales se enriquecen artificialmente con hierro y otras vitaminas. En este producto no hay limitaciones.
Ingerir moluscos como el mejillón y pescado representa un aporte importante de hierro si bien hay que considerar, como en el caso de la carne, la cantidad de tóxicos que lamentablemente incorporan por efecto de la contaminación marina.
Las espinacas son también una buena solución sin limitación de ningún tipo : podemos tomarlas cocidas, en crema o bien los brotes tiernos en ensalada.
Los niños deben acostumbrarse sobretodo a la absorción de hierro a través de los vegetales para evitar los efectos secundarios de la ingesta de carnes (como puede ser el colesterol). Es fundamental consumir legumbres y verduras ricas en hierro (las espinacas y las lentejas son de importancia capital) y ayudar a la absorción consumiendo vitamina C, bien a través de zumos naturales, frutas o de las mismas verduras (por ejemplo, las patatas son muy ricas en dicha vitamina si se cocinan adecuadamente).
Es también importante que las adolescentes que inician la menstruación incrementen el consumo de hierro para compensar las pérdidas de este mineral.

domingo, 3 de octubre de 2010

El tamaño del estómago y el hambre

No se puede hablar de un tamaño de estómago único ni por edades ni por tamaño del individuo. El tamaño va a depender de varios factores. Cuando nacemos nuestro estómago es muy pequeño. En realidad es diminuto : apenas cabe el contenido de una cucharada. Por esta razón el bebé necesita muchas tomas de leche materna o artificial ya que no es capaz de procesar en una sola ingesta toda la energía que necesita. A medida que el niño crece el tamaño del estómago va creciendo y por tanto las tomas pueden espaciarse.
El estómago es un órgano con forma de bolsa que se renueva y adapta continuamente. Recordemos que dentro de él se genera ácido clorhídrico para ayudar a coagular las proteínas. El ácido clorhídrico es extremadamente corrosivo, así que podemos suponer que las paredes internas del estómago están sometidas a una gran presión química. De no ser por la renovación de las células que forman la pared, el estómago se consumiría a sí mismo. La sensación de saciedad aparece cuando esta "bolsa" se llena. Si acostumbramos a comer abundantemente el estómago se irá haciendo más grande y cada vez aparecerá más tarde la sensación de saciedad. Por tanto comeremos más.
Los niños, y aún más los bebés, actúan instintivamente frente a la comida. Si se me permite el símil, actúan exactamente igual que los animales : comen cuando tienen hambre y saben, instintivamente, qué alimentos les son más propicios. Nosotros, como adultos, actúamos frente a la comida de forma instintiva pero también de forma cultural. Podemos comer alimentos que no nos gustan por agradar a quien nos lo ha preparado, o por compromiso o porque pensamos en las consecuencias que tendrá sobre nuestra salud o porque simplemente nos apetece un atracón.
Así que tenemos un niño cuyo estómago será proporcionalmente mucho menor que el de un adulto, pero ¿cuánto? Si un adulto pesa 80 Kg y su hijo de 5 años pesa 19 Kg, es prácticamente seguro que su estómago será al menos 4 veces menor que el del adulto. Podríamos decir que el adulto posee una capacidad de 2 litros, de manera que el del niño es de medio litro. Pero probablemente no lo sepamos. Pero lo podemos suponer. Ahora vamos a estudiar al adulto. Mide 171 cm y pesa 80 Kg. Supongamos que su peso ideal es de 72 Kg. Esto es, tiene un sobrepeso de 8 Kg. De esto se deduce, de forma muy general, que probablemente sus raciones sean mayores de lo necesario. Así que si dividimos por cuatro la ración del adulto y aún le restamos un poco, tendremos la ración óptima del niño. ¿Que parece pequeña, demasiado pequeña? A los ojos de este adulto, desde luego. Pero aún hay más.
Cuando hacemos dieta debemos cuidar sobremanera el aporte de micronutrientes (vitaminas y minerales) así como de macronutrientes (proteínas). Si comemos mucho nuestras raciones contienen suficiente cantidad de nutrientes para cubrir las necesidades de nuestro organismo pero al hacer dieta empezamos a sufrir carencias que a menudo se han de cubrir con la ingesta de suplementos vitamínicos y minerales. O comiendo mejor. Mucho mejor. En los niños ocurre lo mismo. Comen menos porque su estómago es más pequeño pero su alimentación debe ser muchísimo más eficiente. Los alimentos que no aportan los suficientes minerales y vitaminas son nefastos para ellos así como aquellos que no suministran las calorías necesarias. Por ejemplo hacemos un puré de zanahorias y se lo damos al niño. Hay ciertas posibilidades de que lo rechace. Los padres suelen pensar que se trata de un problema de sabor, pero ocurre que una ración apropiada al estómago del niño compuesta sólo de vegetales no aporta suficientes calorías : le sacia pero no le nutre. Así que se zampa el plato de verdura, se llena el estómago y es incapaz de comer el segundo plato de pollo, por ejemplo, que sí le nutriría al 100%. Pero no le cabe.
Y aún hay más. El adulto suele pensar que el niño necesita gran cantidad de calorías para crecer y desarrollarse. Es relativamente cierto. De hecho los niños desarrollan una gran actividad pero tienen un cuerpo pequeño y el crecimiento espectacular que tenía el niño hasta los dos años se pausa a partir de esa edad. El crecimiento es consecuencia de la edad, tiene un componente genético (padres altos, niños altos, ya se sabe...) y raramente se presentan casos de escaso crecimiento en el primer mundo debido a fallos en la alimentación.
Con esto ya tenemos una perspectiva fisiológica para situar la posible inapetencia en un lugar "lógico".

Inapetencia infantil : una visión general

Artículo publicado previamente en "Media hora para cocinar"

El niño que no come, sobretodo cuando ya ha cumplido los 3 ó 4 años, es un motivo de angustia para la familia que suele asociar crecimiento con cantidad de alimento ingerido.
He sufrido en carne propia este lacerante problema y al final he desarrollado mi propio manual que tal vez os pueda servir de guía. Tomadlo con precaución ya que no soy pediatra ni nutricionista, e id probando sugerencias hasta que alguna (ojalá) funcione.
Generalmente el niño que tiene dificultades para comer, descartadas posibles complicaciones médicas, es un niño muy activo que "quema" pocas calorías. No se le ve desnutrido, tampoco es evidentemente obeso, y goza de una salud normal. Es bastante inquieto, curioso y pocas
veces muestra un gran apetito a excepción de cuando se presenta la oportunidad de ingerir alimentos de muy bajo valor nutricional como patatas fritas, caramelos, es decir, los clásicos chuches. En primer lugar vamos a fijar el valor de una ración. Un niño come mucho menos que un adulto así que plantearemos una ración base para un adulto convencional y la dividiremos por la mitad. Esa será nuestra ración "objetivo", lo cual no quiere decir que a veces se quede muy por debajo de la misma.
En segundo lugar debemos fijar unas pautas sobre su comportamiento y sobre el vuestro propio. Es importante crear una rutina alimentaria. Comer siempre a las mismas horas con un espacio compuesto por una mesa, porción de la misma o trona, un vaso de agua, servilleta y/o babero. Siempre igual. El niño es más amante de la rutina de lo que nos pueda parecer. El niño debe permanecer sentado por muy difícil que parezca. Si se levanta no debemos perseguirle por la habitación. Debe comprender que fuera de la mesa, de su sitio, no hay comida. Debemos armarnos de paciencia y ser metódicos y firmes sin gritar ni amenazar. Adoptar esta actitud es complicado porque dar de comer a alguien que no parece tener jamás hambre es exasperante. Para evitarnos un ataque de ansiedad fijamos metas modestas. Por ejemplo nuestra ración de adulto es de cuatro croquetas y marcamos un valor objetivo de dos unidades para el niño. En realidad nos quedaremos conformes con una sola croqueta, pero no debemos dejar de trabajar para que se coma la que consideramos su ración objetivo. Al principio es importante trabajar el entorno por encima de otra consideración. Si no conseguimos atraer lo suficiente su atención para que vaya comiendo sin darse cuenta podemos utilizar un cuento ilustrado, algún juguete pequeño que pueda tener sobre la mesa y en último lugar el televisor. Se puede tardar meses en conseguir que automáticamente el propio niño ordene su espacio para la comida y exija que por ejemplo haya una servilleta de papel aunque no sea imprescindible en ese momento. Mi hija arrastra a la hora de la comida su silla hasta la mesa y ahora soy yo quien debe correr para que tenga la comida lista sobre el plato a la hora en punto.
El niño inapetente come con evidente desgana y eso se traduce en masticaciones interminables. Si la situación es extrema se pueden meter en la dieta un par de purés por semana muy cargados de verduras, carne o pescado. No le resultará difícil de comer y nos quedaremos más tranquilos con la seguridad que ha comido "lo correcto". Aunque va en contra de una dieta equilibrada es probable que tengamos menos tiempo por el mediodía que por la noche para hacer una comida en condiciones. Pongamos toda la carne en el asador para la cena donde, con más tiempo, podemos ya todos comer en familia y dejemos el almuerzo para soluciones alimentarias menos farragosas. Si la demora es tal que la comida se ha enfriado no dudemos en meterla en el microondas para ponerla en condiciones de nuevo. Poco a poco iremos acortando el tiempo dedicado a la ingesta hasta dejarla en una hora aproximadamente. Nos puede parecer mucho tiempo aún pero ese es en realidad el tiempo que todos deberíamos dedicar a cada comida, así que lo que hacemos intentado bajar de la hora es traspasar al niño el stress del adulto. En el momento de conseguir "la hora" deberemos medir el tiempo para repartirlo equitativamente entre primero, segundo y postre y si sobrepasamos el límite previsto por plato y se ve al niño con mucha desgana lo retiraremos y pasaremos al siguiente sin problemas. No forceis a que coma el segundo plato porque es más caro ; de hecho seguro que le será más beneficiosa la verdura del primero.
Es importante que dividamos las comidas en primeros y segundos platos con su aporte vitamínico o proteínico realzado según corresponda. No obstante es preferible que el primer plato aporte algo del segundo y viceversa para que si nos encontramos con la tesitura de un rechace al menos hayamos colocado lo bueno de ambos. Así como ejemplo podríamos hacer una tortilla de verduras de primero y pechuga de pollo acompañada de brécol de segundo.
Muchos habreis cabeceado al leer esto y pensado que aún así el niño no come nada. Es cierto. Pero también debeis saber que ese niño tiene hambre porque si le ofreceis un chuche que le guste inmediatamente después que ha rechazado un plato de sopa y se lanza como un poseso es que tiene hambre. A veces ocurre que el niño es tan inquieto que no puede soportar el aburrimiento de la cuchara hiendo y viniendo del plato a su boca. Tal vez le sería más divertido beber la sopa con una cañita o en un vaso como si fuera un refresco. Es posible que se muestre más receptivo a 10 platitos pequeños, como si habláramos de tapas, que a un plato único de potaje. Lo que nunca debeis hacer es permitir que se sacie con chuches por mucha lástima que os de al verle levantar de la mesa de la misma manera que entró. Es preferible que coma en la merienda o en la cena a que se llene de patatas fritas que tienen un aporte nutricional miserable y sólo sirven para llenar el estómago...de nada.
Como a veces este pica-pica entre comidas que en realidad no se han hecho es demandado por el niño con angustiosas crisis y pataletas es preferible darle alimentos que al menos le aporten algo. Un quesito cremoso, unos palitos de pan integrales, una mandarina, lo que sea antes que un caramelo o una bolsa de patatas fritas. Un zumo de frutas en lugar de agua si el niño no quiere comer fruta.
Luego es muy importante que el niño coma variado, le guste o no. Desde mi punto de vista es extremadamente importante "educar" el paladar del niño para que coma de todo. Ha de comer carne (pollo, pavo, cerdo, ternera, cordero, conejo etc), verduras (espinacas, brécol, tomates, guisantes, col, puerro, patata, cebolla, ajo, perejil, acelgas, calabacín, berejena etc), pasta (tallarines, espaguetti ...), sopa de verduras y mixta, ensaladas, quesos, purés, gratinados, arroz, pescado (azul y blanco) así como legumbres (lentejas, garbanzos, alubias etc) y fruta, en piezas o triturada. Por lo menos. Cada semana ha de comer de todo esto, le guste o no. Nosotros vamos poniendo en el plato la comida, no sólo la que le gusta, y a veces comerá más, otras menos, pero comiendo de todo. Un truco que funciona muy bien es enseñarle lo que ingiere. ¿No hemos ido de viaje a paises exóticos y nos hemos preguntado cuál era el ingrediente que llevaba tal o cual receta? Pues al niño le pasa lo mismo, con el agravante que ellos lo están aprendiendo todo. Le enseñas una zanahoria y ya "entiende" lo que lleva el puré que come en ese momento.
Otra cosa importantísima que es más bien una máxima : si vosotros no os podeis comer lo que preparais para el niño, ¿cómo esperais que ellos se lo coman? Ellos también tienen paladar. Y gusto. Y olfato. No pretendais hacer una ternera a la jardinera hirviendo todos los ingredientes en agua y pasándolos por la trituradora. Eso no sirve, hay que cocinar. Será menos salado, empleareis maizena en lugar de harina de trigo, pero su comida es idéntica a la vuestra en casi todo.
Luego hay trucos. El primer sabor que aprenden los niños es el dulce. Luego hay que educarlos en el salado. Mucho más tarde aprenderán el amargo y el picante. Si la verdura no entra la podemos "dulcificar" basándonos en platos que contengan zanahoria (donde predomina el dulce) o agregando salsa como la bechamel que aporta lactosa a un plato de brécol. El cereal que agregábamos al biberón lo convertimos en corn flakes para desayunar cuando el niño ya no toma leche de continuidad y poco a poco vamos añadiendo matices a su dieta. Matices que un día, tal vez lejano, nos agradecerá.
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