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domingo, 1 de abril de 2012

Comedores escolares, una historia personal

La hija de un amigo, por razones que no vienen al caso, debe comer la mitad del mes en el comedor de la escuela. La otra mitad la pasa con él comiendo las recetas que le prepara. La experiencia, aún siendo forzada, no puede ser más negativa.
Como ya he dicho en ocasiones anteriores, los niños inapetentes no deberían quedarse a comer en la escuela. Es el caldo de cultivo para un empeoramiento de la sintomatología e incluso puede derivar en problemas psicológicos de los cuales sea muy difícil recuperar al niño.

Cuando la niña regresa a mi amigo es fácil constatar que no ha recibido una atención personalizada. Ni siquiera ha recibido atención alguna. Muestra problemas para usar correctamente utensilios como el tenedor y el cuchillo y no duda en coger algo del plato cuando tiene dificultades para lidiar con el pedazo de comida que se resiste a ser pinchado o cortado. Realmente parece que la última quincena ha estado comiendo en un pesebre y no en un comedor escolar.

Da miedo hacer notar al colegio sobre sus ademanes. Si eso significa que va a recibir una atención 'especial' mejor olvidar el tema. Parece ser que en el comedor unas 'amables' señoritas, directas responsables de la alimentación de los niños, chillan como posesas a los niños que no comen con la suficiente rapidez hasta hacerles temblar la botonadura de la bata. Tampoco dudan en hacerse con la cuchara y manejarla como una pala excavadora que se abrirá paso hasta el gaznate del infortunado.

Lo peor son algunos niños que, haciendo propios los chillidos de las encantadores encargadas del comedor, practican un incipiente bullying afeando el comportamiento o la tardanza de sus compañeros sin percatarse que lo hacen mientras muestran el contenido de su boca en toda su extensión.

Luego está la comida que preparan, donde destaca una tortilla de patatas con el huevo semicuajado - sin que pretendieran con ello inventar una nueva receta - y algunos suministros que mi amigo ha visto descargar por la parte trasera del colegio como el aceite de semillas para freir (4 euros el garrafón de 5 litros al detall) con el que no se atrevería a cocinar ni para su peor enemigo. Su hija no obstante destaca del menú la fruta y creo que no lo hace sarcásticamente, de la misma manera que algunas veces ha destacado la simpatía del servicio y la limpieza de los lavabos del restaurante cuando no había nada positivo que pudiera destacar en la crítica gastronómica que estaba escribiendo.

 Uno de los errores de los menús escolares es el típico "los martes, acelgas" que predisponen para mal a los niños hacia determinadas fechas y desde luego ya puedes olvidarte de introducir en la dieta de nuestros hijos el alimento objeto de fobia. Gracias, estimados comedores escolares por haber matado la verdura de la dieta de su hija lo que hace que cuando la vuelve a tener presenta un severo estreñimiento entre otros problemas.

He hablado con antiguos alumnos del colegio donde va la hija de mi amigo y puedo decir que muchos han quedado traumatizados hasta el punto que a día de hoy, tras más de 15 años, tienen pesadillas con las amables señoritas que les 'ayudaban' a comer y los menús ingeridos.

No dudo que los padres se vean obligados a dejar por cuestiones laborales a los niños en los comedores escolares, pero eso no significa mirar hacia otro lado.


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